Son las 23:00 horas de un día martes. Tienes hambre. Necesitas comer. Abres la heladera y, como siempre, está vacía. Revisas las alacenas y nada, sigue todo como ayer: despoblado de alimentos. El hambre te consume, te debilita, desfalleces. A duras penas, con tus últimas fuerzas, te arrastras hasta el teléfono y marcas el número de la pizzería más cercana. Minutos más tarde, suena el timbre. Es el repartidor de pizzas. ¡Estás salvado! ¡Salvado por una pizza!