El estudio de ratas generalmente se explora desde el punto de vista de quien realiza dicho estudio, pero no es algo común escuchar que una persona decide “convertirse” en una rata para estudiar mejor su comportamiento. Gracias a la intervención de dieciocho participantes, un pequeño robot, ratas de laboratorio, y un poco de realidad virtual, un proyecto de la University College London y la Universidad de Barcelona exploró cómo interactúan humanos y ratas cuando se encuentran a escalas similares.
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Se las ha visto comer, dormir, correr, y aprender. También se las ha utilizado para prácticas más invasivas, y en muchas ocasiones cuestionables. Pero en este caso, las ratas de laboratorio no han sido el objetivo principal del estudio, sino parte del equipo. La idea de que una persona debe “convertirse” en el animal que desea estudiar no es nueva, pero con la ayuda de la realidad virtual, puede ser aplicada de forma relativamente sencilla. Un grupo de investigadores de la University College London y la Universidad de Barcelona llevaron a cabo un curioso experimento que coloca a humanos y ratas en una escala similar, esperando encontrar señales de una interacción elaborada entre ambos.
Fuente: PopSciEn total, el experimento contó con dieciocho participantes humanos (y por supuesto ratas). Los participantes utilizaron cascos de realidad virtual, conectándose a un espacio digital en donde podían observar a otro avatar humano. La interacción fue dividida en dos sesiones de cinco minutos, con el objetivo de que ambos avatares hicieran lo posible para mantenerse cerca. Del lado de las ratas, un pequeño robot con una fuente de comida acoplada fue colocado junto a ellas, para reproducir los movimientos de los humanos, mientras que los movimientos de las ratas fueron rastreados y asociados al otro avatar humano que los participantes podían ver en su entorno virtual. En una de las sesiones, se les informó a los participantes que estaban interactuando con otro humano, cuando en realidad siempre era con las ratas. Esto fue para determinar si el comportamiento de los participantes era diferente si pensaban que había un humano al otro lado.
Si nos enfocamos específicamente sobre el comportamiento de las ratas, los resultados fueron negativos. La presencia del robot no modificó para nada el accionar de cada rata (más allá de la ocasional parada en la fuente de comida del robot), y fue ignorado en la gran mayoría de los casos. De hecho, los movimientos de las ratas siempre fueron cercanos a las paredes, mientras que el participante humano trataba de acercarse, paseando por el “centro” del cuarto. Al menos queda el hecho de que la tecnología de realidad virtual funcionó muy bien, y siempre existe la posibilidad de aplicarla en otros campos, como por ejemplo la telepresencia. Algunos tal vez lo vean como fracaso, pero al final, era ilógico esperar un “mágico trabajo de equipo” entre un humano y una rata. Queda mucho por aprender de los animales, y esto así lo demuestra. -
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