En una vieja enciclopedia Salvat, editada en 1970, y que yo leía cuando era un niño, salía una ilustración de cómo sería el hombre del futuro. El dibujo era el de un señor con la cabeza enorme, el cuerpo enjuto y el culo gigante. El epígrafe decía:
“El ser humano del siglo XXI usará máquinas inteligentes que desarrollarán su cerebro y por ende disminuirá su movilidad, acrecentando las asentaderas y la dimensión del estómago”.
Como yo ya era por entonces (y sin necesidad de maquinaria inteligente) un gordito cabezón de culo gordo, ansiaba que el futuro llegara pronto para poder mezclarme mejor entre otros cuerpos similares al mío, sin llamar tanto la atención ni resultar raro entre los camaradas del aula y el barrio.
Pero no sólo anhelaba el camuflaje, sino que además apostaba por la inminente reputación de los cuerpos deformes.
Yo pensaba del siguiente modo, a los doce años:
—“Si en el futuro el hombre inteligente tendrá el culo gordo y la cabeza como un melón, mi composición genética actual (vergonzosa en este siglo analógico) se convertirá en un síntoma de prestigio intelectual en el siglo venidero”.
Estaba equivocado.
Ahora sigo siendo un gordo culón, utilizo maquinaria inteligente, he echado una panza maravillosa, pero todo el mundo —al verme— sospecha que soy un friki. Nadie intuye que mi silueta es hija de la modernidad, ni de mi trabajo sedentario, ni mucho menos causa de una inteligencia digital.
El mote despectivo que soportábamos los gordos en el siglo XX (al menos en Argentina) era la palabra pancuca, un acrónimo formado por las palabras panza, culo y cabeza.
El adjetivo friki pareciera ser, sospecho, la modernización natural —y global— del antiguo vocablo pancuca, una adaptación lingüística que no perdió, sino que asentó, su connotación humillante.
Si bien la definición técnica de friki (original de la voz inglesa freak: extravagante, estrafalario) hace referencia a una persona obsesionada por un tema específico, o por un hobbie, lo cierto es que la sociedad entiende por friki a un gordo imbécil que ya está grande para usar bermudas.
No hay matices; sólo eso es lo que percibe un ojo humano tradicional, un informativo de la tele, un suegro, una señora funcionaria, un peluquero jubilado.
A nadie parece importarle la razón intelectual de esa panza, ni de ese culo desmesurado. No interesa si la grasa es hija de una obsesión por la astronomía, o una manía por acceder a la vacuna de una enfermedad incurable.
Si un masculino de entre 20 y 40 años pasa una buena parte de su tiempo frente a un monitor, y además tiene culo y panza, lo que está haciendo frente a la maquinaria inteligente tiene que ver con Pamela Anderson, y no con otras cuestiones más loables. Ésa es la postura secreta de la sociedad.
Si el masculino culón —también llamado friki— logra vivir de sus obsesiones sedentarias (estar frente a un monitor unas ocho horas al día) la sociedad pensará que ha tenido mucha suerte; nunca talento o constancia o habilidad: sólo suerte. Y si no logra vivir de ello, la sociedad asumirá que ha hecho algún dinero, pero que se lo ha gastado todo en alargadores de pene y en casinos virtuales.
Al mismo ritmo que aumentan estos prejuicios sociales, crecen también las barrigas y los culos de la juventud obsesiva digital. Cada vez más, las profesiones creativas o complejas (es decir, las divertidas y mejor remuneradas) imantan al hombre a la silla giratoria, al ordenador y al sedentarismo.
Esta semana apareció una estadística muy gráfica, durante un simposio de programadores de Linux, en Estados Unidos de América. Los organizadores hicieron un relevamiento de las camisetas que vendieron en el simposio de 1999, y contrastaron las cifras con las camisetas vendidas en 2008. La diferencia en las tallas es abismal:
En sólo nueve años, la comunidad linuxera engordó como una piara de cerdos encerrados con bellotas en una charca. La noticia fue levantada por alguna prensa y se convirtió en centro de burlas y parloteos.
Pero si se hiciera la idéntica prueba de las camisetas con otras comunidades menos modernas ocurriría lo mismo. También han engordado —en la última década— los escritores, los presentadores de televisión y los arquitectos. Es decir, todos aquellos a los que la tecnología les simplificó la vida y les permitió salir menos de casa, no ir nunca más a la estafeta de correos, ni a hacer un depósito en banco, ni caminar hasta el cine, ni correr detrás de una oferta turística.
La pobre gente flaca que, en plena expansión tecnológica, debe acudir todavía a una oficina alejada, caminar, subirse a dos trenes, soportar a un jefe y cobrar una miseria, mantiene aún un cierto prestigio estético. ¿Pero hasta cuándo?
Los presagios de la vieja enciclopedia Salvat, que yo leía de niño, no se han cumplido. No ha llegado todavía la época en que el flaco sea visto como un pringado, y su delgadez lánguida como síntoma indiscutible de falta de talento y de mañas.
Y ya es hora de que esto ocurra.

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El turista original