Tras el descubrimiento de los rayos X por el físico alemán Wilhelm Conrad Roentgen en 1895, la comunidad científica se lanzó a la búsqueda de otras radiaciones similares. En ese ambiente de entusiasmo, René-Prosper Blondlot, profesor en la universidad de Nancy, anunció el hallazgo de los rayos N. Más de un centenar de científicos aseguraron haber reproducido sus resultados y se publicaron cerca de trescientos artículos sobre la misteriosa radiación. Sin embargo, al poco tiempo se descubrió que los rayos N no existían.
El contexto científico
Los primeros años del siglo XX fueron especialmente fértiles para la física. Parecía que por fin se encontraban las piezas para completar el rompecabezas de la estructura del Universo. El estudio de las diferentes longitudes de onda del espectro electromagnético, incluido el descubrimiento de los rayos X por Roentgen, había predispuesto a los científicos a aceptar sin demasiadas reservas los resultados de cualquier experimento en ese campo. Fue así como aparecieron en escena los misteriosos rayos N.
Roentgen había descubierto que una plancha de bario emitía luz fluorescente cada vez que el tubo de rayos catódicos se encendía, incluso cuando estaba cubierto con cartón negro. Llamó a los rayos “X” mientras esperaba un mejor nombre. Heinrich Rudolf Hertz intentó demostrar si eran ondas o partículas, pero nunca lo logró.
En 1903, Blondlot intentó repetir esos experimentos con variaciones. En lugar de medir la intensidad de la chispa, se dedicó a medir su luminosidad, una magnitud completamente subjetiva. Fue así como descubrió los rayos N.
Los rayos N eran impresionantes, casi de ficción. Podían atravesar materiales opacos al resto del espectro. Se podían almacenar en cuerpos como el cuarzo, el hierro y el agua de mar, convertidos en emisores. Otras sustancias como el aluminio, la madera, el papel o la parafina no servían. Se encontraron fuentes naturales, incluyendo el Sol y los seres humanos, incluidos los muertos. Blondlot “descubrió” que la agudeza visual aumentaba en presencia de los rayos N.
Charpentier descubrió que los rayos N eran emitidos por el cerebro y disminuían cuando el paciente era anestesiado. Fabre relacionó su intensidad con las contracciones de las parturientas: según Fabre, los rayos aumentaban su intensidad al ritmo de las contracciones.
Gustave Le Bon juraba que había descubierto los rayos N siete años antes, y Audollet acusaba a Charpentier de robo. Los “especialistas en temas paranormales” también reclamaban autoría. La Academia de las Ciencias Francesa otorgó a Blondlot el premio Leconte en 1904, dotado con 50.000 francos, con un comité que incluía a Poincaré y Becquerel.
Pero los físicos fuera de Francia no podían reproducir los experimentos. Blondlot explicaba: “algunas personas pueden observar a primera vista y sin dificultad el aumento de la luminosidad producida por los rayos N en una pequeña fuente de luz; para otros, estos fenómenos están fuera de su alcance visual y sólo después de cierto periodo de ejercicio logran verlo con claridad y observarlo con seguridad. La pequeñez de estos efectos, y la delicadeza de sus condiciones de observación, no deben obstaculizar el estudio de una radiación hasta ahora desconocida.” Si no puedes verlos, no estás entrenado.
Blondlot postuló los rayos N1, que disminuían la luminosidad, lo que hizo que muchos físicos se mostraran escépticos. Heinrich Rubens propuso un plan y contactó al físico estadounidense Wood, conocido por sus éxitos detectando fraudes.
Wood fue muy sagaz. Habló solo en alemán, lo que permitió que Blondlot y su ayudante Wirtz hablaran libremente en francés. Wood interrumpió la fuente de rayos sin que Blondlot lo viera, y Blondlot falló al detectar el aumento de luminosidad. Wood sustituyó un archivador metálico por una estantería de madera, pero el sujeto seguía viendo las manecillas del reloj. En el último experimento, Wood guardó el prisma de aluminio en su bolsillo, pero Wirtz insistía en ver los rayos. Wirtz llegó a decir: “creo que el americano ha tocado algo, no puedo ver el rayo.” Pero Wood ya había vuelto a colocar el prisma.
Esa noche Wood redactó un artículo para Nature explicando sus experiencias. La comunidad científica dejó de creer en los rayos N. Blondlot culpó a su ayudante Wirtz. Blondlot abandonó la investigación y cayó en la locura.
La moraleja
La historia de los rayos N demuestra que la ciencia puede cometer errores. El método científico provee sus propios “anticuerpos” para detectarlos. Y si no, que le pregunten a Blondlot.