La costumbre, la generalidad y el sentido común dictan que normalmente los hackers son personas con una alta instrucción informática y una vasta experiencia en el campo, que luego de innumerables intentos y frustraciones llegan a dar con un nivel de conocimiento que les da la habilidad necesaria para, por ejemplo, hackear una tablet de última generación. Bueno, como a cada generalidad le corresponde por lo menos una excepción, en este artículo te contamos sobre los niños etíopes que hackearon Android sin saber escribir ni leer y sobre cómo el proyecto de One Laptop Per Child está descubriendo este tipo de cosas a través de experimentos didácticos y pedagógicos.
La realidad africana es algo que todos conocemos, con distintos grados de interés y acción. Las condiciones para una vida digna de sus pobladores son complejas debido a varios factores socioeconómicos, y las carencias con las que sobreviven son algo que muchos de quienes leen estas páginas jamás podrían tolerar por más de una semana. Pero allí están, poniéndole el pecho a las circunstancias y haciendo todo lo que esté a su alcance para intentar dignificar su existencia ante un mundo que los ignora. El principal motivador para los padres que lo sacrifican todo es la supervivencia, pero después viene la educación, buscando que sus hijos accedan a planes y proyectos de ONG para conocer otro idioma, aprender a escribir y leer, a usar computadoras y tratar de “servir” un poco más a un sistema que los deja afuera. En este contexto tan aciago pero voluntarioso, una niña etíope se hizo con una de las tablets Motorola Xoom que entregó una organización y, luego de “tocar y tocar”, aprendió lo suficiente como para hackearla.
El experimento de One Laptop Per Child
El proyecto One Laptop Per Child (una tablet por niño) se fundó para distribuir recursos tecnológicos destinados a la didáctica y la pedagogía en un continente asediado por guerras raciales y religiosas, intereses colonialistas y corrupción política. En este marco, OLPC buscaba que los niños no solo aprendieran memorizando capitales y conceptos biológicos, sino que el conocimiento adquirido fuera resultado de una actitud proactiva ante el tema en cuestión. Más claro: que aprendieran pensando y haciendo.
El proyecto hizo un experimento didáctico en dos aldeas de Etiopía donde la tasa de analfabetismo es cercana al 99.8%. Es decir, donde casi ningún niño (y la mayoría de los adultos) ha visto alguna vez en su vida una palabra escrita.
En primer lugar dejaron una caja sellada repleta de tablets, sin instrucciones ni indicaciones. Simplemente: miren, aquí hay una caja, ábranla y es suyo el contenido. Así, los niños de las aldeas comenzaron a manipular las tablets, investigando su origen, su contenido y su función, y hasta aprendieron inglés por su cuenta para ponerlas a funcionar.
El proceso de autoaprendizaje fue tal que en 5 meses llegaron a lo que millones de niños con mejor suerte económica no consiguen en toda su vida: desactivaron ciertas directivas de seguridad de la tablet y activaron hardware no permitido por defecto. Lo que hicieron fue activar la cámara mediante directivas de hardware censuradas por, y cito al fundador de OLPC, “algún idiota en nuestra organización”.
Aprender sin maestros
Justamente a esto, aunque no con resultados tan sorprendentes, apuntaba el proyecto OLPC, que quería enseñar inglés a los niños sin enseñárselo. La idea era que lo aprendieran por su cuenta, sin maestros y con el único costo que implica una tablet económica. En los primeros 5 días, utilizando las tablets con cargador solar, pudieron usar 47 apps; en dos semanas ya cantaban las canciones en inglés del ABC y en cinco meses hackearon Android.
Sin dejar de lado las implicancias culturales que esto puede tener en términos colonialistas, no puedo dejar de pensar que el resultado es extraordinario. ¿A ti qué te parece?
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