La levitación suele asociarse con trucos de magia, imanes o temperaturas extremas, pero existe una alternativa menos conocida: la levitación acústica. Con ondas sonoras precisamente calibradas, los laboratorios crean pequeños «vacíos» que cancelan la gravedad. El efecto tiene límites —los objetos no pueden superar los tres milímetros como máximo— y exige una potencia sonora considerable, pero aun así ofrece aplicaciones fascinantes.
Una realidad más allá de los trucos
Ya sea en trenes maglev, experimentos a temperaturas bajo cero o nuevas formas de publicidad, la levitación suele asociarse con imanes y materiales inusuales. Pero el sonido también puede lograr el mismo efecto. En NeoTeo ya hemos cubierto este tema: en 2014 exploramos las técnicas de control usadas por científicos japoneses, y en 2012 el Laboratorio Nacional Argonne nos enseñó su fabuloso dispositivo. Ahora, gracias a Wired, conocemos a Chris J. Benmore, uno de los físicos principales de esa institución.
Cómo funciona
En su definición más sencilla, la levitación acústica utiliza ondas sonoras para generar una fuerza que contrarresta la gravedad. El concepto surgió en la NASA en los años 60 y ha ganado tracción en la última década; hoy, las instituciones más importantes del mundo tienen acceso a esta tecnología.
El dispositivo de Argonne se basa en dos transductores que hacen vibrar sus respectivos cuernos unas 22.000 veces por segundo. La interacción entre ambas ondas crea lo que se conoce como onda estacionaria. En algunos puntos las ondas se refuerzan mutuamente, mientras que en otros se cancelan por completo, dando lugar a nodos y antinodos. Es en esos «vacíos» o antinodos donde una persona puede colocar objetos y hacerlos flotar en el aire.
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Uno de los aspectos más impresionantes es que, cuando está activo, el dispositivo genera un sonido con una intensidad equivalente a la de un concierto de rock, pero no podemos escucharlo. Quienes tienen un oído más joven tal vez registren un leve pulso, ya que los 22 kHz están al límite de lo que un oído humano puede percibir. Los antinodos tienen un diámetro de seis milímetros, y el tamaño máximo del objeto no debe superar la mitad. Además, cada objeto parece encajar en la posición correcta, casi como si fuera un efecto «snap».
Aplicaciones prácticas
Otra ventaja fundamental es que permite trabajar con líquidos. Esto habilita el estudio de gotas individuales en un espacio de microgravedad, así como la reacción de diferentes fármacos con la ayuda de rayos X, comprobando la interacción de sus moléculas para luego optimizar la fórmula. Levitar objetos más grandes presenta un desafío considerable, pero el uso de transductores en red y un control más preciso de las ondas generadas podría ampliar las posibilidades de esta tecnología.