La energía es la base de cualquier proyecto. Sin ella, incluso las ideas más ambiciosas se quedan en el papel. Por eso, el Ejército de los Estados Unidos probó en los años 60 con reactores nucleares portátiles, una tecnología que dio más dolores de cabeza que soluciones, pero que ahora podría volver con nuevas ideas…
La base de investigación estadounidense Camp Century funcionó entre 1959 y 1967, a 240 kilómetros al este de la Base Aérea de Thule, en Groenlandia. Su verdadera misión era servir como prueba piloto para el Project Iceworm, un plan para crear una red de lanzamiento nuclear que pudiera sobrevivir a un primer ataque y alcanzar objetivos en la Unión Soviética. Públicamente, era solo un experimento de construcción en el hielo, pero en realidad albergaba un reactor nuclear.
Uranio en el hielo
El reactor, llamado PM-2A, fue construido por la American Locomotive Company para el Ejército. Con sus 330 toneladas, muchos lo consideran el primer reactor nuclear portátil del mundo, aunque su portabilidad se logró gracias a piezas modulares que cabían en un Hércules C-130. El equipo tardó 77 días en armarlo (la construcción total demandó 18 meses) y solo se necesitaron 44 libras (menos de 20 kilos) de uranio-235 en su corazón.
Al alcanzar criticidad, los expertos vieron problemas de inmediato. La fuga de neutrones obligó a detener el reactor y a construir blindaje adicional con escudos de plomo y barriles de 200 litros llenos de hielo y aserrín para proteger a los operadores. Pero eso no era suficiente.
Neutrones para todos
PM-2A funcionó durante dos años. Sus defensores argumentaban que 20 kilos de uranio reemplazaban a casi cuatro millones de litros de diésel que había que transportar y consumir. Pero en 1964 se ordenó desmantelarlo. La fuga de neutrones contaminó todo, desde la nieve hasta las tuberías. Joseph Franklin, el oficial a cargo, quedó expuesto a 2.000 rads por hora durante dos minutos. En 2002 perdió la próstata y un riñón, y en 2015 el cáncer ya había llegado a sus huesos y pulmones. Falleció en marzo de 2017.
PM-2A fue el tercero de ocho reactores portátiles construidos para el Ejército. PM-3A terminó en McMurdo (Antártida) y con 438 fallas en 10 años, hizo un desastre que sus responsables debieron limpiar de principio a fin. SL-1 explotó y mató a tres hombres. ML-1 tenía problemas de diseño y nunca superó el 50% de la potencia calculada, acumulando solo cientos de horas de pruebas.
«Project Pele»
Estados Unidos y Dinamarca aún tienen que resolver tensiones por la contaminación en Camp Century, pero el concepto de reactores nucleares portátiles busca regresar con el Project Pele del Departamento de Defensa. Tres compañías recibieron contratos por 40 millones de dólares en total, y se espera que una sea seleccionada en 2022 para construir el primer prototipo. Pero las dudas persisten: el consumo de combustible líquido de las fuerzas armadas equivale al de un país como Portugal. Reducir misiones de suministro con reactores en bases remotas suena tentador, pero ¿qué tan razonable es exponer reactores nucleares a fuego enemigo? ¿Y si uno cayera en manos de terroristas?
Fuentes: Atlas Obscura, Physics Today