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El turista original


El libro electrónico, e-book o como acabe llamándose, no termina de consolidarse como una opción sensata en el mercado editorial. El autor de esta crónica, cansado de llevar en la mochila mamotretos en papel de mil quinientas páginas, entrevista al vidente Juan Dámaso para que le explique en qué momento del futuro podremos disfrutar del libro digital, ligero y blando. Los vaticinios del brujo son estremecedores.

Ahora mismo estoy viajando en tren y voy leyendo un libro muy gordo. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril, o cuando estoy cagando. Pero resulta que el baño y el vagón de Cercanías son dos ámbitos en donde no hay mesita, entonces al libro debo soportarlo en las manos. Un ladrillo de medio kilo, en las manos, en pleno siglo veintiuno, es un despropósito.

Mientras voy a visitar a mi amigo don Juan, estoy leyendo un libro maravilloso, pesado y gordo (unas 1.600 páginas) y por primera vez en mi vida de lector empiezo a sentir la urgencia del libro electrónico. Ya no como amante de los gadgets, sino por necesidad real, por agotamiento y reumatismo.

En el libro que leo ahora hay miles de notas al pie y repeticiones argumentales. Lleva un apéndice al final, con las biografías de todos los autores a los que se hace referencia en el corpus. Cada vez que necesito conocer un dato debo poner el señalador, cerrar el libro (voluminoso, ya ajado), manipularlo con fuerza y revisar las páginas finales. Me siento un Neardental curioso y frustrado.

A veces me da la sensación de que determinada idea ya fue expuesta ocho capítulos atrás, pero es imposible buscar la fuente: hay que hacerlo a mano, página a página. Casi nunca lo logro y me deprimo. Me rasco, me quito pulgas; a veces aúllo.

El hábito digital hace que cada vez nos resulte más complicado leer a la antigua usanza. Sobre todo, cuando el material de lectura tiene ramificaciones. Nos hemos acostumbrado al salto, al hipertexto, al procrastineo, a manejar tres o cinco ideas al mismo tiempo. Regresar al libro plano, unidireccional, es como volver a encender el fuego con una piedra y un palito.

Tras cartón, el libro electrónico no parece avanzar en el mercado. Está el Kindle (de Amazon) que desde hace tiempo amaga con imponerse, aunque nunca se impone. ¿Pero qué sentido tiene que me lo compre hoy, si no le puedo cargar contenidos en castellano?

Más allá de las razones sobre la tardanza, la verdad es que las editoriales no quieren correr la misma suerte de las discográficas. Los grandes grupos editores le ponen palos en la rueda a los proyectos electrónicos porque todavía no descubrieron de qué forma ganarán dinero cuando la materia escrita sea intangible (como ya lo es la música, como ya lo es el cine).

Hace treinta años el gran enemigo del capitalismo eran los comunistas. Ahora son los intangibles. ¡Qué felices eran los directivos de la RCA cuando los discos eran de pasta o de vinilo, cuando el que quería escuchar una canción tenía que comprarse el long play entero! ¡Con qué amor fumaban sus habanos y contaban los billetes!

Ahora la música es un intangible. Nadie la ve, no viene en cajita. Son datos invisibles que pasan de mano en mano, de oreja a oreja, sin que nadie pueda cobrar peaje. El cine también ha cambiado, tampoco viene en cajita.

El único ámbito de la cultura popular que todavía sigue unido al packaging es el libro. Y el temor a que la cajita nos resulte obsoleta (¡ya nos resulta, odio llevar este ladrillo en la mochila!) le pone los pelos de punta a los intermediarios de la cultura, a los que ganaron dinero siempre sin hacer nunca nada.

Por pura ansiedad, voy de visita a la casa de Juan Dámaso Miranda, un vidente vasco que hace unos años tuvo una breve fama vaticinando desgracias por Internet. Ahora está jubilado, pero sigue recibiendo a los amigos. Al llegar, le pregunto qué ve en el futuro respecto al libro electrónico, si falta mucho o poco para poder disfrutar de ese avance tan necesario.

—¡Ah! —me dice, poniendo los ojos en blanco— ¡La literatura intangible: bajarse libros de Borges y ponerlos en el iPod, descargar la obra completa de Vila-Matas en un archivo .zip y descomprimirla en el avión, toda nuestra biblioteca en un pendrive de ocho gigas!

—Eso, eso —me excito—, dígame, don Juan, ¿cuándo llegará ese futuro maravilloso, cuándo dejaré de llevar kilos de novelas en mi mochila?

—Veo grandes desgracias —me asegura, alzando los brazos al cielo—. Gerentes de marketing arrojándose por las ventanas de Random House Mondadori, editores y representantes de autores limpiando parabrisas en los semáforos, veo dos rubias en tetas, en la playa, leyendo a Paulo Coelho desde un dispositivo portable de ciento veinte gramos…

Sonrío, esperando más, pero Dámaso interrumpe allí su discurso y se queda con la vista ciega. Comienza a soltar un hilo de baba blanca por la comisura de los labios.

—¿Qué más? ¿Por qué se queda en silencio, don Juan? —le pregunto.

—Sigo viendo a las rubias: creo que una le pondrá bronceador a la otra. Espera un segundo, ya sigo contigo.

Dámaso se encierra en el baño y me quedo solo en su salón, pensando en la cultura intangible, en el arte que no tiene entidad, en la obra que no se toca pero sí pasa de mano en mano. Me alegro de que el futuro nos depare esto también con los libros. A los quince minutos el vidente regresa del servicio, con la camisa desprendida y los ojos todavía en blanco.

—Continuemos —me dice, y vuelve a su vaticinio—. El libro será el próximo paso, pero la era de los contenidos intangibles y compartidos no acabará allí, mi querido y gordo amigo. También veo a directivos de Lufthansa suicidándose o viviendo en la pobreza extrema. En algunos años existirá el turismo electrónico.

—¿Cómo es eso?

—Alguien, por ejemplo, hace un viaje a Filipinas y lo graba con sensores táctiles y visuales. Después pone el viaje en la carpeta Incoming. Entonces otro, que no tiene dinero para viajar a Filipinas, o que no tiene ganas de subir a un avión, descarga las sensaciones del viaje, lo revive segundo a segundo.

—¡Es la muerte de las agencias de turismo! —grito.

—Sí señor, y también es el ocaso del modo de vida japonés —me responde Dámaso Miranda—. Los vuelos intangibles, según puedo prever, estarán de moda desde 2015.

—¿Pero eso no es vivir la vida de otro?

—¡Pues claro! Ahora tú escuchas la música que ha comprado otro, y ves la película que ha comprado otro, y dentro de poco leerás el libro que ha comprado otro. En algunos años harás el viaje que ha hecho otro.

—Pero en ese caso no habrá libre albedrío —sospecho—. Si el viajero original entra a un bar homosexual filipino, uno no puede elegir no entrar a ese bar.

—Por supuesto. Si compras el viaje, vives ese viaje. Y si en ese viaje tres filipinos grandotes le dan por el culo al turista original, prepárate para gozar tú también, amigo mío.

—No sé si me gustará ese futuro, don Juan.

—Pues te jodes. Los bienes intangibles tienen algunas ventajas inmediatas, pero también requieren de nosotros algún sacrificio. Quizás en el futuro esos esfuerzos no sean económicos, pero algo tendrás que dar a cambio.

—¿Qué me quiere decir?

—Volvamos al libro que llevas en tu mochila, al motivo por el que has venido hasta aquí —me dijo—. Cuando ese mamotreto de mil quinientas páginas sea electrónico, tú no lo pagarás. Y no te pesará en la mochila, y podrás consultar bibliografía complementaria con un solo clic, y tendrás un buscador temático… ¿verdad?

—Sí —dije.

—Pero también dejarás de hacer ejercicio, no irás a la librería a buscar el libro, no disfrutarás del olor del papel, no sentirás la satisfacción de haber conseguido algo con un mínimo de esfuerzo, perderás el hábito milenario de mojar el índice para dar vuelta la página, te crecerá el culo por falta de movimiento. Nada es del todo gratis, ni siquiera cuando adquieres un intangible.

—Eso también es verdad.

—Si un día te descargas el viaje a Filipinas, te sangrará el culo. O quizás te atraquen en una esquina oscura y sientas el filo de una navaja en el cuello. O tal vez el turista original folle con una prostituta sucia y a ti más tarde te arda la ingle.

Regreso a casa otra vez en tren, después de la visita a Juan Dámaso, con una sensación ambigua. El enorme volumen de mil seiscientas páginas ya no me pesa tanto en la mochila, ni tampoco en las manos cuando me dispongo a seguir leyéndolo. Me queda también rebotando en la cabeza una frase de don Juan, algo que me dijo en la puerta de su casa, al despedirnos:

—Hay libros, Casciari, y también hay viajes, que debemos hacer nosotros mismos, con nuestros propios esfuerzos.

Quizá el Kindle, de Amazon, llegue al mercado pronto, con contenidos en español y multitud de accesorios; quizá lo compre y me convierta en uno más de esos señores que van en el tren idiotizados con un aparatito digital, buscando la respuesta veloz, saltando de una idea a la otra.

Pero este lomo ajado que tengo en las manos ahora, este medio kilo de papel envuelto en cartones rústicos y blancos, este olor y este silencio antiguo, es también un viaje milenario; es mi viaje.

Es raro. Miro ahora mismo a todos los pasajeros del vagón: algunos hablan por el móvil, otros escuchan su iPod, otros están imantados a sus portátiles revisando un Excel triste. Mi libro imponente y analógico parece de otro mundo al lado de todo aquello, un artefacto llegado desde un mundo anterior.

Me mojo el índice, doy vuelta la página, me siento real y en movimiento. Como un turista original, de carne y hueso, en un vagón lleno de viajeros fugaces como hologramas.

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Escrito por casciari

Comentarios

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  1. Por un momento me habías asustado, Hernán. Por suerte no salté el contenido y llegué al final, disfrutando cada línea. Ahora imprimo el artículo y me lo llevo al baño. Me dieron ganas de cagar (en realidad, no, me dieron ganas de leer lo mismo, en papel).

  2. si si, todo muy bello… leer en papel, pero así como en ocasiones anteriores en la historia de la humanidad, hay que elegir… o te vas de viaje con 2 kg y medio en las espaldas en papel (3 libros gruesos que huelen a papel y demás…) ó en ese mismo viaje te llevas 120gr en la palma de tu mano con toda tu biblioteca en digital, y además si te recomiendan un libro durante el viaje, te lo descargas al instante y en el peor de los casos te cuesta 2/3 del precio del mismo libro en formato antiguo (papel). Si además tienes diccionario, traductor, "moleskine" y gps en el mismo gadget, ya me dirán ustedes cuál alternativa es la más… inteligente.

  3. nose unkle, son cosas distintas, cuando salio la radio dijeron que iba a desplazar al diario, pero no se puede envolver pescado con la radio, xD, espero comprendas mi punto. leer un libro en papel nunk sera lo mismo que leerlo en una pantalla, al igual que tampoco es lo mismo escribir en un notebook que escribir con tu puño y letra, la mayoria de los escritores actuales aun escriben sus obras en papel, xq? … Aunque es diferente si son libros de estudio o trabajo en los que uno necesita buscar información rapidamente, son temas aparte.

  4. Yo leo en el celular, si se configura pantalla negra de fondo y letra gris se ve espectacular, y siempre llevo 10 libros (o los q quiero conmigo). Antes usaba un pocket pc con pantalla monocromatica, insuperable. Esos ebook reader son gigantes, no es una revolucion hacer algo del mismo tamaño de un libro, es puro mercadeo para q la gente no sienta tanto la diferencia. Digo yo, para q necesito ver 50 loneas a la vez si solo puedo leer una? autoscroll y lisot en todo caso

  5. ¡muy buen artículo!

    También podría pasar que te ofrezcan el viaje a Brasil extremo o el tranquilo.
    Los más extremos van a comprar el viaje a Brasil que hizo "El Dioni", otros el que realizó un amigo mio con la familia de su novia, una patada.
    Según las experiencias que quieras vivir.
    Sorprendente va a ser el éxito de ventas del viaje a Filipinas del que hablas.

  6. Simplemente maravilloso… es un verdadero relato corto que, como amante de los libros "a la vieja usanza" (con 28 años, crecí en una casa donde las bibliotecas eran más importantes que la paredes… 5.000 libros en total) sentí cada una de las palabras que han escrito en esta entrada…

    Es cierto que estamos cada día más acostumbrados a la "facilidad electrónica" y sus múltiples ventajas. Pero ¿acaso no es hermoso el sentir el aroma de un libro nuevo, saber que somos los primeros en abrir sus páginas y explorar el mundo propuesto por ese autor? ¿Acaso no es única la experiencia que creamos y re-creamos en nuestras mentes, compartida solamente con quien escribió esas palabras?
    Asimov dijo una vez, en una charla que dio frente a los grandes de la industria del cine y la distribución del mismo en EEUU, que por suerte ya se había inventado un sistema capaz de transmitir una imagen y dar a quien la observara la total libertad de cambiar coores, caras, vestuarios, pausar y rebobinar o avanzar en un instante… lo miraron con cara de asombro (pues aún no existía el VHS, creo que la conferencia es de fines de los ’70) y Asimov, con su típica cara de niño perdido simplemente respondió "Les estoy hablando del libro".-
    Por eso, celebro esta entrada… agregando que desde hace ya tiempo, Neo-Teo se ha convertido en mi página de inicio. Gracias a quienes la hacen posible…

    • Excelente reflexión también la tuya, BD. Aunque en NeoTeo amemos la tecnología, al punto de escribir sobre ella todos los días, no nos dejamos seducir fácilmente. Sabemos que existieron tiempos pasados, ni peores ni mejores, que nos sirven para comparar. Lo nuevo no siempre es mejor. Y siempre nos atenemos a ese ideal (¡incluso cuando pecamos de transhumanistas!)

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