En los siglos XVIII y XIX, la medicina aún daba pasos torpes, y la salud mental era un territorio especialmente oscuro. Quienes padecían trastornos mentales solían terminar en sótanos o cárceles, encadenados, sin el más mínimo atisbo de tratamiento. Se les consideraba culpables de su propia desgracia: desde "abandonados por Dios" hasta "poseídos por el demonio", la sociedad no buscaba curarlos, sino apartarlos. Afortunadamente, la labor de algunas personas empezó a cambiar eso. Dorothea Dix, una maestra y activista estadounidense, se dedicó a documentar los abusos y a alzar la voz. Sus descripciones de pacientes desnudos, golpeados y encerrados en jaulas conmocionaron a la opinión pública y allanaron el camino para un cambio radical. Y en ese movimiento, la arquitectura jugó un papel protagonista, gracias a un médico llamado Thomas Story Kirkbride, cuyo plan transformó los manicomios en palacios, aunque no todos acabaron bien.
El contexto: el maltrato generalizado
En tiempos en que la locura se escondía, los enfermos mentales eran apartados de la sociedad. Los asilos, cuando existían, eran poco más que prisiones. La posibilidad de cura era casi nula y la culpa recaía sobre el propio paciente. Esta era la realidad que Dorothea Dix encontró cuando comenzó a visitar instituciones a lo largo del país. Su informe detallado sobre las condiciones inhumanas —cuerpos desnudos, cadenas, grilletes, celdas infestadas— generó un escándalo que impulsó reformas. Fue así como se crearon los primeros asilos públicos, y el doctor Kirkbride, superintendente del Hospital de Pennsylvania, aportó su visión.
Dorothea Dix: la denuncia que lo cambió todo
Dorothea Dix (1802-1887) fue una maestra y reformadora que dedicó su vida a mejorar la suerte de los enfermos mentales. Su cruzada comenzó en Massachusetts, donde descubrió condiciones ultrajantes. No solo los pacientes estaban desatendidos, sino que se les encadenaba y golpeaba. Sus reportes, presentados ante las legislaturas estatales, llevaron a la fundación de nuevos hospitales. Uno de ellos, el Asilo Estatal de Nueva Jersey, se convirtió en el primero construido bajo el Plan Kirkbride. Pero, ¿en qué consistía ese plan?
El Plan Kirkbride: arquitectura al servicio del tratamiento
El doctor Thomas Story Kirkbride (1809-1883) era un firme defensor del "tratamiento moral", una corriente que sostenía que el encierro permanente no era la solución. Para él, el entorno físico era fundamental: los pacientes necesitaban luz solar, aire fresco y espacios que favorecieran su recuperación. Su plan arquitectónico, conocido como Plan Kirkbride, fue plasmado en su obra más conocida: On the Construction, Organization, and General Arrangements of Hospitals for the Insane With Some Remarks on Insanity and Its Treatment. En ella especificaba cada detalle, desde los materiales de construcción hasta los salarios del personal.
El diseño seguía un patrón que Kirkbride describía como "en forma de murciélago". Los edificios se disponían en pabellones escalonados, de modo que cada habitación recibiera la misma cantidad de aire y luz. Los pacientes se dividían por género y gravedad: los casos más serios ocupaban los extremos, y a medida que mejoraban, se acercaban a la salida. Los asilos incluían amplias áreas verdes, granjas e invernaderos, porque el contacto con la naturaleza y el ejercicio eran parte del tratamiento. Un ejemplo temprano fue el Asilo Estatal de Nueva Jersey, financiado gracias a las gestiones de Dorothea Dix.
Un sueño de palacios: así eran los asilos
Las construcciones resultantes eran imponentes, a menudo comparadas con palacios. No era casualidad: Kirkbride creía que la belleza y el orden influían en la mente. Los edificios se erigían con techos altos, pasillos luminosos y ventanales que dejaban entrar el sol. El Hospital de Worcester, por ejemplo, apareció en tarjetas postales como símbolo de progreso. El funcionamiento interno seguía una estructura familiar: se compartían comidas, con el doctor a la cabeza de la mesa y la jefa de enfermeras al otro extremo. La vida en el asilo se regía por rutinas y normas, pero bajo una filosofía que pretendía recuperar, no castigar.
El éxito y la sobrecarga
Los números parecían avalar el Plan. En 1840 había 18 asilos en los Estados Unidos; para 1880 eran 139. Los Kirkbrides se convirtieron en orgullo nacional, y algunos llegaron a estamparse en sellos y postales. Sin embargo, el sueño empezó a agrietarse. Kirkbride insistía en que un asilo no debía superar los 250 pacientes, pero las autoridades, por razones económicas, elevaron el límite a 600. El Hospital de Buffalo, en Nueva York, tardó veinte años en construirse y nunca contó con el personal suficiente. Y había un problema de fondo: los pacientes no se iban. La idea era que permanecieran alrededor de un año, y Kirkbride aseguraba una tasa de curación del 80 % en su hospital de Filadelfia, pero otros superintendentes daban cifras aún más altas sin una metodología clara. La realidad era que la ocupación no bajaba.
El declive y el abandono
Con el tiempo, los Kirkbrides se llenaron de pacientes pobres e indigentes, mientras que los que podían costearlo eran derivados a clínicas privadas. A mediados del siglo XX, estos gigantes arquitectónicos se convirtieron en refugios masificados, y poco a poco fueron abandonados. En los años sesenta se prohibió que los pacientes psiquiátricos trabajaran, y en los setenta la desinstitucionalización dio el golpe final. Muchos de estos edificios quedaron en ruinas, pero algunos tuvieron mejor suerte. El Hospital Estatal de Buffalo, hoy conocido como Complejo Richardson Olmsted, fue declarado patrimonio histórico y ha sido reutilizado en parte.
El legado de Kirkbride
Aunque la mayoría de los Kirkbrides están abandonados, su planteamiento inicial sigue siendo recordado. La idea de que el entorno influye en la salud mental hoy nos parece obvia, pero en su época fue una revolución. Y si bien el plan fracasó en la práctica, la visión de Kirkbride pervive en la arquitectura hospitalaria moderna. (Nota: este artículo fue publicado originalmente en diciembre de 2019, con algunas ediciones, e incluye una fotografía de Dorothea Dix.)
Fuente:99% Invisible