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Aparato para facilitar nacimientos mediante fuerza centrifuga

Si, el titulo de este artículo te ha sonado extraño. Y no es para menos: ese es el nombre de un artefacto patentado en 1965 por George y Charolette Blonsky, que utiliza la fuerza centrifuga obtenida al hacer girar a la parturienta a gran velocidad para ayudar en el trabajo de parto. No tiene desperdicio.

Hay gente que patenta ideas o aparatos casi por deporte. Lo hacen incluso sabiendo que posiblemente su idea nunca se transforme en una aplicación práctica, pero tienen la secreta esperanza que el inventillo los haga ricos, famosos o ambas cosas a la vez.

El 9 de noviembre de 1965, George y Charolette Blonsky obtuvieron la patente de su revolucionario invento. Seguramente preocupados por el trabajo que les costaba a las mujeres el , valga la redundancia, trabajo de parto, se pusieron a pensar en un mecanismo que les facilitara la tarea.

Ignoramos cuantas ideas, dibujos y maquetas descartaron durante el proceso, pero lo cierto es que en noviembre de 1965, poco antes de la llegada del hombre a la Luna, y posiblemente inspirados en las maquinas centrifugas que los astronautas usaban para acostumbrar sus cuerpos a las elevadas aceleraciones a las que serian sometidos, por fin le encontraron la solución al problema.

El artefacto que finalmente patentaron es una máquina muy compleja que consiste, básicamente, de una losa de hormigón con un motor montado sobre ella. Este motor mueve a una mesa dotada con tiras de metal, que los inventores recomiendan se construya de hierro. La función de esta “camilla” que parece copiada de la novela Frankenstein sirve para mantener a la víctima (perdón: a la futura madre) en su lugar mientras que gira rápidamente. La cabeza de la madre apunta hacia el centro de la maquina, y sus piernas hacia afuera, por lo que la fuerza centrifuga generada por este tiovivo, al menos en teoría, provocaría que el bebe salga despedido por el canal de parto.

Por supuesto, la velocidad de giro es ajustable, por lo que se puede comenzar suavemente, y a medida que el trabajo de parto avanza, siempre bajo la supervisión del médico a cargo, se puede ir incrementando. Ni George ni Charolette mencionan la forma en que el médico acompaña el giro de la camilla, pero podemos imaginarlo trotando (¡o corriendo como loco!) alrededor de ella, sosteniendo la mano de la parturienta. Tampoco se refieren al terrible mareo que puede sufrir una madre cuyo parto se demore, por ejemplo más de una hora. Pensándolo bien, esos partos largos ¡son todo un desafío deportivo para el doctor de turno!

Los Blonsky no eran precisamente un par de tontos, y previeron que se podría presentar algunos inconvenientes con el uso de su extraña maquina. Lo primero que sugirieron fue colocar en la vagina de la paciente un canasto para recoger al recién nacido. Diríamos que es una medida indispensable si no queremos lastimar a nadie mediante el impacto de un bebe volador.

También pensaron en los inconvenientes que tendrían los hospitales y maternidades para instalar en su interior este gigante de concreto, y en el dinero que se necesitaría para su mantenimiento técnico. De hecho, habría que formar personal especializado que se encargara de ello, ya que como es natural, en ninguna universidad se capacitaba a los médicos o parteras en el difícil arte del “parto por fuerza centrifuga”.

A las críticas que recibieron sobre el empleo de una fría canasta para recibir al bebe, en lugar de las manos de un especialista, los inventores respondieron que “esto en realidad ayuda al recién nacido a prepararse para lo dura que será su vida como adulto”.

Los Blonsky defendieron su invento con el argumento de que si bien la naturaleza había preparado físicamente a la mujer para la difícil tarea de tener hijos, la vida en el seno de la civilización las estaba transformando en unas debiluchas, por lo que su máquina era la mejor alternativa a la hora de dar a luz. Como curiosidad, se saber que los inventores se basaron en un estudio realizado sobre partos de elefantes (si, elefantes) para diseñar su aparato.

Lamentablemente, Charolette nunca pudo probar su invento ya que no tuvo hijos. Lo cual no deja de ser una suerte: podrían haber sido inventores.

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Escrito por Ariel Palazzesi

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