La Xbox One S por dentro: ¿cómo es la nueva consola de Microsoft?

La llegada del Anniversary Update para Windows 10 demandó mucha atención de la prensa especializada, pero el último sistema operativo de Microsoft no fue lo único que recibió una actualización. Todos aquellos usuarios que por una u otra razón decidieron posponer la adquisición de una Xbox One ahora tienen la posibilidad de saltar la primera generación del hardware, y clavar sus garras sobre la nueva Xbox One S. El gigante de Redmond ha dicho que esta versión de la consola es un 40 por ciento más pequeña, ¿pero cómo logró eso con exactitud?

El próximo 22 de noviembre, la Xbox One cumplirá tres años de edad. Si medimos ese tiempo frente a los diez años y siete meses que alcanzó la Xbox 360, no quedan dudas de que la llamada «octava generación» de consolas aún tiene mucha tela para cortar. Por supuesto, esto no sólo significa nuevos juegos, sino también revisiones adicionales sobre el hardware. En el caso de la Xbox 360, dichas revisiones fueron dos («S» y «E», bajo las que se lanzaron múltiples ediciones), y siguiendo una línea similar, ahora es el turno de la Xbox One S. La Xbox One tuvo problemas antes y después de su lanzamiento, pero la estética fue uno de los puntos más criticados. Las comparaciones con una videocasetera no tardaron mucho en invadir la Web, sin embargo, Redmond supo recoger el guante en estos 36 meses, y hoy presenta un diseño superior.

¿40 por ciento más pequeña? Sí, lo primero que eliminó Microsoft fue la fuente externa. (iFixit)

Comencemos por el detalle de que es un 40 por ciento más pequeña que la Xbox One original. La diferencia no es tan impresionante si se coloca a una consola junto a la otra, pero gracias al «teardown» hecho por la gente de iFixit descubrimos la clave detrás de esa reducción: La nueva Xbox One S posee una fuente de alimentación interna y refrigerada en forma pasiva. El nuevo formato obliga al usuario a «comenzar por abajo» si desea abrir la consola, retirando la cubierta inferior después de haber batallado con una cantidad significativa de trabas plásticas. Aún así, una vez dentro notamos que el diseño es altamente modular, un detalle que siempre es bienvenido cuando debemos hacer alguna reparación. La cantidad de memoria disponible en la consola sigue siendo de 8 GB en DDR3, y los ocho núcleos del CPU en el SoC se mantienen a 1.75 GHz, pero las mejoras en el silicio le han permitido a Microsoft elevar la frecuencia del GPU a 914 MHz (la Xbox One original entrega 853 MHz), añadir soporte HDR y declarar a esta revisión «4K Ready»… siempre y cuando hablemos de streaming. La consola simplemente no tiene hardware suficiente para hacer un upscale de 1080p a 4K sobre juegos, y la PlayStation 4 se encuentra en la misma situación. Tal vez la «PlayStation 4 Neo» pueda cruzar esa barrera, aunque debemos esperar como mínimo hasta octubre.

Que levante la mano quién puede ver al Jefe Maestro… (iFixit)

Si hay un «punto débil» en la Xbox One S, probablemente sea el disco duro. La nueva consola conserva su máximo de dos terabytes, pero utiliza una unidad de 5.400 RPM, y cualquier intento de reemplazarla por algo mejor (un SSD, digamos) anula la garantía. El precio de la Xbox One S (500 GB) comienza en 299 dólares al otro lado del charco, y por 100 billetes extra accedemos al modelo de 2 TB. Para cerrar, la Xbox One S es una actualización natural y coherente. «Project Scorpio» aún está muy lejos en el calendario (último cuatrimestre de 2017 en teoría), por lo tanto, quien desee subir al tren de la Xbox One, debería hacerlo ahora.

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