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Tiradero Visual de la Semana (N°11)

Desde que maté aquel colibrí vivo obsesionado con la muerte. Era muy chico cuando sucedió, casi treinta años atrás. Había recibido un rifle de aire comprimido como regalo de cumpleaños. Verano caluroso, en la quinta de mis abuelos. Un rifle de aire comprimido y tres cajas de balines de 9mm. Trescientos tiros, toda la tarde por delante.

El lugar, un edén gigantesco con piscina y caballos, lleno de árboles frutales, se llenaba de lagartos overos, que salían de las cunetas a comer los duraznos y los higos caídos. Comencé con ellos. Gracias a “Operation Wolf“, mi puntería era perfecta. Los lagartos no tuvieron oportunidad. Los disparos rebotaban en el cuero de los reptiles, sí, pero les dolía. Cada impacto nos hacía saltar. A ellos por el daño. A mi por la risa.

Espantados los lagartos, sediento de más sangre, me subí arriba del gigantesco ombú que habitaba en el centro de la quinta. El viejo arbusto salía gordo y grotesco de la tierra, alcanzando una altura desmesurada. Amé ese ombú, porque a pesar de lo monstruoso (o tal vez gracias a eso) resultaba muy fácil de trepar. Y yo lo estaba trepando, fantaseando ser un francotirador, cuando lo vi. Era un ser imposible. Pequeño, lustroso, ágil y vivaz. Con alas invisibles, “flotando” en el lugar. Moviéndose de flor en flor, en línea recta, sin respetar la misma física que los demás de su especie.

Recuerdo el momento exacto en el que lo tuve en la mira. Algo que no reconocí me lanzó una advertencia que no escuché. Apreté el gatillo y, maldito seas “Operation Wolf”, eso fue todo. De un momento a otro el colibrí paso de existir a no ser nada nunca jamás. Al principio me alegré, contento de ser tan buen tirador. Un colibrí es una presa diminuta y un rifle de aire comprimido lejos está de ser preciso.

La alegría me duró bien poco. El colibrí tardaba en volver. Volando no se había ido, ¡yo mismo lo había visto caer!  ¿Se habría escapado por otro lado? Temeroso sin saber muy bien por qué, bajé del ombú y busqué en el lugar donde lo había visto caer. Allí mismo estaba, entre unas hojas, mortalmente quieto. Todo eso que lo había hecho funcionar de una manera tan fantástica frente a mis ojos había desaparecido. Mis acciones lo habían despojado de todo lo que lo hacía bello. Ahora yacía flácido, sucio y en una pose absurda. Pero, por sobre todo, yacía quieto. Esa quietud es algo a lo que todavía puedo conectar por la impresión que dejó en mi cabeza. Es la quietud perpetua e irrevocable de lo que hasta entonces no había hecho otra cosa que moverse para sobrevivir.

Tomarlo entre mis manos fue lo peor que puede haber hecho. Todavía tibio, el pajarito no pesaba nada entre mis regordetes dedos. Se sentía flojo y más allá de toda posible salvación. Fue recién en ese momento, con el colibrí flácido entre mis manos, que comprendí qué estaba pasando. Comprendí todo lo que tenía que comprender sobre la muerte, así como también lo que se siente causarla. Demasiado para un niño de 10 años. Tiré el colibrí y me encerré en mi habitación a llorar por el resto del día. El rifle quedó tirado ahí, al lado del ombú. Cuando mucho después me volví a acordar de él, ya se había oxidado, por suerte.

No quiero terminar esta terrible anécdota sin que sepan que recibí un castigo acorde a mis acciones. Yo, a diferencia de la mayoría, no disfruto cuando aparece un colibrí en mi patio. Estoy privado de asombrarme de su existencia sin sentir un punzante dolor en el corazón. Cada picaflor que me cruzo es un desgarro de culpa y remordimiento. Considerando la colosal belleza de estas delicadas aves, creo que es una condena dura pero ciertamente justa.


PD: Me informaron en el Tiradero 10 que están los comentarios cerrados para este tiradero. Yo ni me había dado cuenta. Debe haber sido por un error que me saltó mientras subía. No hay nada que pueda hacer sin resubir todo. ¡Sepan disculpar y gracias por leer!