Menu
in

Geoingeniería contra el calentamiento global

El gran público está comenzando a sentir los primeros síntomas del cambio climático. Islas que desaparecen bajo las aguas o temperaturas extremas son algunos de los avisos más claros que nos envía la naturaleza. Pero podría haber una esperanza para solucionar el problema. ¿Qué puede hacer la geoingeniería contra el calentamiento global?

La geoingeniería, a veces referida como “Ingeniería Planetaria”, es una rama de la ingeniería que aplica los avances científicos y tecnológicos con el propósito de influenciar las propiedades de un planeta. Según algunos científicos, esta disciplina podría ser el mejor camino a seguir para detener el calentamiento de la Tierra. Si esto fuese posible, podríamos lograr un descenso en la temperatura global sin necesidad de reducir las emisiones de gases, al menos en un plazo medianamente largo. Por descabellado que parezca, parece que es más fácil reparar nuestro planeta que evitar dañarlo.

Hay muchas formas posibles de enfriar un planeta. Entre las favoritas de los geoingenieros se encuentra la “fertilización” de los océanos con hierro (para que absorban grandes cantidades de CO2) y el “sembrado” de partículas especiales en la atmósfera (para que dispersen un porcentaje importante de la radiación solar que recibe el planeta). Puede parecer algo imposible de ejecutar, sin embargo algunas de estas “obras de ingeniería” han tenido lugar, de forma natural, a lo largo de la historia geológica de nuestro planeta.

Uno de los primeros indicios de la viabilidad de estas ideas fue la erupción del volcán Pinatubo, en 1991. Cuando el Pinatubo vomitó sus cenizas a la atmósfera, rápidamente bloquearon la radiación solar haciendo que las temperaturas globales descendieran medio grado al año siguiente. No pocos ingenieros, científicos y hasta economistas (entre ellos el Premio Nobel Tom Schelling) vieron en este fenómeno una posibilidad de contrarrestar el entonces incipiente recalentamiento global. Desde entonces se han formado varias comisiones de especialistas que discuten la idea de utilizar la geoingeniería como una alternativa viable a la reducción de emisiones nocivas. Es que, ya entonces, casi 20 años atrás,  los científicos consideraban muy difícil lograr que los gobiernos de los países más industrializados cesasen de enviar CO2 a la atmósfera.

Por supuesto, no basta con sentarse a mirar cómo un volcán cubre el cielo de cenizas para planificar un cambio planetario. De hecho, estas ideas requieren de enormes cantidades de cálculos y simulaciones para evitar que el resultado sea peor de lo que ya tenemos. De alguna manera estaríamos intentando “terraformar” la propia Tierra. Paul Crutzen, premio Nobel de Química, propuso recientemente construir máquinas que permitiesen la emisión de compuestos de azufre en gran cantidad a la alta atmósfera, como una forma de reducir la temperatura superficial. El azufre, al desviar los rayos solares, se convertiría en una especie de “sombrilla” a escala planetaria.

La cuestión es que a pesar que desde hace más de medio siglo existen ideas de este tipo en danza, nunca se ha lanzado ningún proyecto de esta clase a gran escala. Los científicos de la universidad británica de East Anglia, en un artículo publicado en la revista Atmospheric Chemistry and Physics Discussions, han realizado un sesudo análisis de la eficacia de algunos de los métodos más potables, aunque sin analizar el impacto medioambiental ni los costos implicados. “Hemos verificado como ciertas técnicas de geoingeniería podrían contribuir positivamente en la atenuación de los efectos de las emisiones de CO2 y a enfriar el planeta", indica Tim Lenton, un profesor de ciencias del medio ambiente. "Pero la geoingeniería por sí sola podría no ser suficiente para resolver el problema", concluye.

Por supuesto, también son muchos los ingenieros que tiemblan de solo pensar con ponerse a trastear con el planeta de esta manera. Por más que las simulaciones exhaustivas efectuadas en los superordenadores mas cojonudos del planeta muestren que, por ejemplo, colocar un espejo en órbita o mandar toneladas de azufre a la estratósfera podrían ser útiles para atenuar la fuerza de los rayos solares, estas obras implican terribles riesgos. Imaginemos solamente qué pasaría si confiados en un “espejo sombrilla” emitimos como posesos toneladas de CO2 a la atmósfera, y dentro de 20 o 30 años el sistema, por algún motivo mecánico o atentado de alguna clase, falla: automáticamente tendríamos una brutal subida de las temperaturas globales.
Otros métodos, como la mencionada fertilización oceánica para estimular la producción de fitoplancton, una clase de micro alga marina que tiene una gran capacidad para fijar el dióxido de carbono, podrían ser eficaces y menos “propensos a fallas”, pero se necesitan centenares o miles de años antes de que consigan algún resultado importante. Y el ritmo actual de producción de CO2 exige respuestas rápidas.

Los expertos más moderados, si bien no descartan estos proyectos, los ven más como una solución de emergencia, una especie de seguro al que podríamos apelar si todo lo demás (léase “hacer un uso más racional de nuestros recursos”) falla. Las tecnologías implicadas en la geoingeniería son, hoy por hoy, muy inseguras como para convertirse herramientas verdaderamente útiles. Por ahora, nuestra única chance de no terminar rostizados parece ser la limitación, rápida y drástica, de nuestras emisiones de gases. O sea, estamos fritos.

Escrito por Ariel Palazzesi

Leave a Reply