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Klebsiella planticola: Extinción Vegetal

La Klebsiella planticola es una bacteria interesante. A pesar de que ni siquiera puede verse a simple vista, se trata de un “bichito” que gracias a las modificaciones genéticas introducidas en su organismo podría causar estragos en la biodiversidad. Un pequeño error de laboratorio estuvo a punto de convertirse en una catástrofe planetaria. ¿Es la klebsiella planticola una espada de Damocles biológica?

En 1994 investigadores de la Universidad del Estado de Oregon, presentes en la reunión anual de la Ecological Society of America, informaron sobre los resultados de una serie de ensayos realizados para evaluar el comportamiento de una bacteria manipulada genéticamente que debía convertir los desechos de los cultivos en etanol. La bacteria en cuestion era, como habrás adivinado, nuestra amiga la klebsiella planticola.

En su forma natural es una típica bacteria que habita en la zona de las raíces de muchas especies vegetales. Pero los muchachos de Oregon introdujeron cambios para dotar a este común e inofensivo bichito en una verdadera fábrica de etanol, para aprovechar los restos de las plantas de trigo una vez efectuada la cosecha del grano. En realidad, la idea era muy buena: una vez recogida la siembra, los tallos y hojas de las plantas de trigo no tienen valor económico, pero si una modesta bacteria puede transformarlos en combustible a un costo cero, tenemos entre manos el negocio perfecto. Sin embargo, a veces las cosas no salen del todo bien.

Durante los ensayos, la bacteria manipulada fue agregada en cámaras especiales con el mismo tipo de  suelo en el que se cultivaban las plantas de trigo. Como ocurre en cualquier clase de experimento biológico, se prepararon cámaras “testigo” donde se cultivaron las mismas variedades de semillas en el mismo tipo de suelo, pero sin la presencia de la klebsiella mutante. Todas las plantas cultivadas en substratos que contenían microorganismos genéticamente manipulados murieron, mientras que las otras se mantuvieron sanas. No hacia falta ser un genio para establecer una relación entre la bacteria y la muerte de las plantas de trigo.

Pero los problemas ocasionados por la bacteria no se redujeron a la muerte de las plantas. En todos los casos, una especie de hongo existente en las raíces de las plantas, que cumple la importantísima función de ayudar en la absorción de nutrientes y promover el crecimiento del vegetal, redujo su número en al menos un 50%. Este efecto, por si solo, alcanza para que las plantas (en caso de que hubiesen sobrevivido a los efectos directos del microorganismo mutante) sean menos competitivas frente  las malezas y más susceptibles a enfermedades.

Afortunadamente los estudios se realizaron en un entorno absolutamente controlado dentro de la Universidad, por lo que no hubo “fugas” del microorganismo hacia el exterior. De haberse producido, la asombrosa capacidad de multiplicación que tienen esta clase de seres podría haber condenado al hambre a miles de millones de personas. Como puede verse, el trastear con los genes de una casi insignificante bacteria puede tener consecuencias devastadoras.

Por supuesto, no se trata del único caso conocido de problemas ocasionados al modificar genéticamente un organismo. En Dinamarca, por ejemplo, los científicos encontraron pruebas suficientes para determinar que una planta de colza manipulada genéticamente para adquirir tolerancia a los herbicidas trasmitió el gen responsable de esta característica a una hierba silvestre biológicamente emparentada. Esta maleza, llamada brassica campestrestris, adquirió la misma resistencia a los herbicidas que la colza. En Dinamarca la brassica campestris es una hierba muy común en los campos donde se cultiva colza, y la eliminación selectiva con herbicidas es actualmente imposible, ya que se ha convertido en una maleza más agresiva y difícil de controlar. Lo más escalofriante del caso es que la transferencia de genes tuvo lugar en solo dos generaciones del cultivo.

Como es lógico, todas las especies que se modifican genéticamente para su explotación comercial han sido diseñadas para ser fuertes y robustas. Esto prácticamente garantiza que puedan multiplicarse a gran velocidad. Esta naturaleza “autoduplicadora” del material genético y la posible propagación lateral (es decir, a otras especies emparentadas genéticamente) provoca una situación altamente inestable y totalmente impredecible. Afortunadamente, y al menos en los ámbitos universitarios, los organismos empleados pruebas de laboratorio no poseen la capacidad de sobrevivir en el medio ambiente natural.

Pero las empresas privadas, a menudo presionadas por los plazos o por la competencia, puede que no sean tan cuidadosas con sus ensayos. Y aunque lo sean, los accidentes ocurren. Se sabe que estos organismos en muchos casos son capaces de sobrevivir en aguas servidas y en el fango residual de los ecosistemas terrestres y acuáticos (ríos o lagos). Insectos como las abejas pueden ayudar a difundir rápidamente y en grandes zonas el material genético modificado.

Esto no quiere decir, de ninguna manera, que no podamos utilizar bacterias o plantas modificadas genéticamente para obtener una mejor calidad o mayor cantidad de alimentos. De hecho, si no fuese por las variedades de soja o maíz modificadas para ser resistentes a los herbicidas varios millones de personas habrían muerto de hambre solo en los últimos años. Pero esta muy claro que debemos ser cuidadosos en extremo. Un “descuido” podría hacer que un organismo como la klebsiella planticola con el que hemos “trasteado” alegremente nos deje sin una sola planta de trigo sobre el planeta.

No podemos confiar simplemente en la capacidad de sobrevivir y competir de los microorganismos autóctonos. Las variedades modificadas genéticamente no deberían ser una amenaza, sino una herramienta para hacer de este un mundo mejor. Mientras tanto, debemos extremar los cuidados y mantener bajo siete llaves aquellos organismos que hemos modificado y son potencialmente peligrosos. Si no lo hacemos, la espada de Damocles podría finalmente cortarnos el cuello.

Escrito por Ariel Palazzesi

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