Menu
in

Lámparas de bajo consumo, ¿Fracaso irreversible?

Desde que el hombre aprendió a manipular el fuego, las noches dejaron de ser oscuras y la luz, que las llamas le proveían, iluminó desde cuevas hasta los edificios más importantes del siglo XIX. Cuando Edison presentó en 1879 su lámpara de luz incandescente, el alumbrado eléctrico se convirtió en la manera en que iluminamos nuestra vida hasta estos años. Con fecha de extinción decretada en muchos países del mundo, las lámparas incandescentes están cediendo su reinado a uno de los fracasos más grandes e increíbles de esta industria: la lámpara de bajo consumo. Condenada a morir al poco tiempo de su salida masiva al mercado, a manos de la iluminación LED, la lámpara de bajo consumo nunca terminó de conformar al público y en la actualidad está perdiendo el poco terreno ganado frente a las novedosas lámparas LED. ¿Porqué su éxito fue tan efímero? ¿El LED podrá ocupar el lugar que dejan las incandescentes? ¿Tú que opinas?

Todos sabemos que Edison no inventó la lámpara incandescente, sino que logró un modelo sencillo, económico, fácil de construir, lo patentó y presentó en sociedad. Además, su diseño ofrecía una duración considerable respecto a los tipos de lámparas (o bombillos) que existían en la época. Es decir, tomó ideas y trabajos de otros investigadores para desarrollar un modelo comercial que, hasta la fecha, conserva su arquitectura a pesar de la evolución que los años trajeron a sus partes para dotarla de una vida útil calculada en mil horas. Considerada como uno de los inventos más útiles de la historia, la lámpara incandescente emite una luz cálida que ilumina muchas actividades de la vida moderna y seguirá haciéndolo por mucho tiempo más. Sin embargo, las prácticas utilizadas para el alumbrado, sea público o doméstico, están evolucionando desde que la iluminación fluorescente logró un formato comercial económico. El apogeo de este avance se observó durante los primeros años de este milenio (y finales del anterior) cuando las lámparas de bajo consumo (CFL) se ofrecían como la solución ideal para el ahorro de energía ofreciendo además, un avance tecnológico luego de muchos años del, como mencionamos antes, reinado absoluto de la iluminación incandescente.

La teoría nos demuestra que la lámpara incandescente transforma tan sólo el 10% de la energía consumida en luz y al resto, lo libera al exterior en forma de calor (Efecto Joule). Por su parte, las lámparas de bajo consumo utilizan un 80% menos de energía que las anteriores y esta es una enorme razón para que las personas de todo el mundo pusieran su mirada y atención en ellas. Al ser más eficientes las luminarias, se puede ahorrar mucho dinero, se puede disminuir la dependencia del petróleo (combustibles fósiles) y de esta manera, reducir significativamente los gases de efecto invernadero. Es decir, si se puede reducir el consumo energético, necesario para lograr la misma iluminación, la cantidad de energía que debe generarse será menor. Sin embargo, ante este panorama tan alentador sobre los beneficios que traería al medio ambiente esta tecnología, la reacción de los consumidores no fue  tan positiva como los científicos esperaban. Por ejemplo; las lámparas fluorescentes compactas de baja calidad ofrecen desempeños muy pobres, presentando parpadeos (en muchos casos, no todos) muy molestos a la visión, no alcanzan la duración estipulada por el estándar de este tipo de lámparas (8mil horas) y sus balastos electrónicos suelen generar interferencias en muchas bandas del espectro radioeléctrico, incluida la de 2,4Ghz (Bluetooth, Wi-Fi).

Por otra parte, muchos biólogos evolutivos creen que las preferencias humanas de iluminación son el resultado de nuestra visión básicamente “tri-cromática”, la cual nos convierte en una especie adecuada para la luz solar del día y la percepción de los colores primarios. De este modo, durante 400 mil años, la humanidad ha desterrado la oscuridad con el fuego. La lámpara de Edison (al momento de su salida al mercado) fue un éxito rotundo ya que lograba, en esencia, el resplandor de una llama puesto en un filamento. El abandono de las bombillas incandescentes significará entonces abandonar el fuego como fuente primaria de luz, por primera vez en la historia humana. Vale aclarar que en el filamento de la lámpara incandescente no hay fuego y que la expresión anterior es más metafórica que técnica.  Allí no hay combustión gracias al gas inerte que posee el bulbillo en su interior. Sólo hay luz generada por la incandescencia.

A pesar de que la iluminación fluorescente ha estado con nosotros desde la década de 1930, Ed Hammer, físico de la General Electric, fue el primero en 1975 en lograr una lámpara fluorescente de finos tubos curvos y en forma de espiral que, además de producir más luz que una lámpara incandescente convencional, consumía apenas un 20% de electricidad si se la comparaba con su equivalente de filamento de tungsteno. Sin embargo, las lámparas fluorescentes compactas, en sus orígenes, no podían ser atenuadas (dimmer), eran muy frágiles y producían una inmaculada luz blanca. General Electric no quiso arriesgar capital en traer esta nueva tecnología al mercado y dejó de lado el diseño de Hammer.

Años más tarde, en 1980, Philips se convirtió en la primera compañía en comercializar una lámpara fluorescente compacta, con un diseño basado en una serie de curvas, en lugar de la  espiral de General Electric. Pero, en los años 1970, hablarle a la gente de crisis energética era como hablarle a una pared, es decir, no despertó mucho interés en el público consumidor; los problemas eran otros. Recién en la década de 1990, las lámparas fluorescentes compactas ganaron  fuerza, impulsadas por preocupaciones más concretas y reales sobre la eficiencia energética. Fue allí entonces cuando General Electric decidió finalmente poner en producción el modelo en espiral de Hammer. Durante los primeros años del nuevo milenio, las lámparas fluorescentes compactas se mostraban en la misma proporción  con las bombillas incandescentes en los pasillos de cualquier tienda. En el principio de esta etapa, los consumidores aparentaron abrazar con entusiasmo la nueva tecnología, en parte por el ahorro de energía anunciado y en parte debido a la distribución masiva que los gobiernos de muchos países iniciaron con programas de recambio gratuito (entregabas dos lámparas incandescentes y te regalaban una CFL).

Sin embargo,  los problemas de no poder atenuar la intensidad luminosa, el molesto parpadeo, y  el “raro o poco agradable” color de la luz emitida, eran problemas que no abandonaban el escenario. Por otro lado, los fabricantes de este tipo de luminarias, que debían amortizar la enorme inversión realizada, exageraban respecto a la calidad constructiva y a la longevidad del nuevo producto. Los consumidores, por su parte, no comprendieron que las lámparas fluorescentes compactas se queman rápidamente cuando no se les permite descansar, por lo menos, 15 minutos entre dos ciclos de funcionamiento, o que fallarían de manera muy rápida si se las utilizaba en artefactos (plafones) empotrados en el techo,  o en cualquier otro ámbito poco ventilado. La temperatura que alcanza este tipo de lámpara es mucho menor a la de una incandescente, pero la acumulación de temperatura en un receptáculo mal ventilado termina por destruirla al poco tiempo.

Durante los comienzos, la publicidad mostraba tantos beneficios que la gente pagaba cualquier dinero por estas lámparas con la esperanza de adquirir un producto de buena calidad que finalizaba siendo de origen asiático y de calidad tan baja como te puedas imaginar. El golpe final se produjo cuando los consumidores se enteraron de que las lámparas fluorescentes compactas contienen mercurio y que, según las instrucciones de cualquier Agencia de Protección Ambiental, indican un protocolo de varias páginas donde mencionan los métodos adecuados para abordar de limpieza de una bombilla rota. Este procedimiento comienza con la advertencia de airear el ambiente (ventanas abiertas) durante varias horas  y evacuar a todas las personas y las mascotas del lugar hasta que el gas de mercurio se haya ventilado por completo. El fósforo no deja de ser otro problema; si entra en contacto directo con la piel, puede provocar quemaduras. Las viejas lámparas incandescentes sólo provocaban algunos vidrios rotos mientras que  las lámparas LED ni se enteran que se han caído. Observa:

Advertido de este inevitable fracaso de las lámparas de bajo consumo, en 2008 el Departamento de Energía de Estados Unidos lanzó un concurso destinado a poner en marcha la transición hacia la iluminación basada en tecnología LED. El premio (denominado “L”) ofrecía 7 Millones de Euros a la primera compañía que pudiera fabricar una bombilla con una luminosidad equivalente a 60 Watts (respecto a las comunes incandescentes) y que cumpla con una serie de normas y/o características, destinadas a evitar una debacle como la que sufre la lámpara fluorescente compacta. Entre las condiciones figuraban un consumo no mayor a 10 Watts de electricidad, ser verdaderamente regulables (dimmer) sin parpadeos y emitir una luz de tonalidad agradable y no perjudicial. También, tendría que caber en un enchufe estándar y durar, por lo menos, 20 años. Por supuesto, el dinero del premio no alcanzaría para cubrir los gastos que demandaría el desarrollo de una lámpara de esta naturaleza, pero el ganador obtendría el prestigio acumulado en su marca y la posibilidad de ser un referente prioritario para alcanzar acuerdos comerciales en contratos gubernamentales. Philips fue la única empresa que presentó un modelo funcional y en consecuencia, ganó el concurso.

El problema actual está centrado en el precio de una lámpara con tecnología LED. Una luminaria incandescente cuesta menos de un Euro, una lámpara fluorescente compacta no llega a 10 Euros, pero el precio de una equivalente en base a LED, supera (o está muy cerca de) los 50 Euros. Es decir, por ahora se ha demostrado que este tipo de lámparas se pueden fabricar, el desafío será abaratar los costos para alcanzar un precio competitivo respecto a las luminarias convencionales. La industria apuesta por la iluminación LED, en el camino a seguir, por un par de razones muy certeras y válidas: los LEDs son semiconductores y, como toda la tecnología de estado sólido, son cada vez mejores (más confiables) y más baratos siguiendo una curva evolutiva predecible. En 1999, un investigador llamado Roland Haitz, que por entonces trabajaba en Hewlett-Packard, fue co-autor de un artículo que se convirtió en el manifiesto de la industria de la iluminación LED. Al trazar los precios históricos de los LED y su proyección hacia el futuro, Haitz estimó que la cantidad de luz que producen estos dispositivos electroluminiscentes se incrementaría en un factor de 20 por década, mientras que su costo se reduciría en un factor de 10.

La ley enunciada por Haitz ha demostrado ser muy precisa. Sin embargo, la industria de la iluminación aún tiene grandes obstáculos para vencer antes de obtener la aceptación de parte de los consumidores de lámparas LED. Todavía hay mucho camino por recorrer y muchos  problemas técnicos por mejorar, tales como la refrigeración (la temperatura es el peor enemigo de los LED), los costos y los colores adecuados en su luz irradiada hasta lograr la lámpara LED definitiva. Mientras tanto, las empresas comienzan a ofrecer ofertas de diseño que quizás no duren 20 años y que tal vez no brinden los colores preferidos por el gran público consumidor. Tal vez la estrategia sea ensayar con alternativas económicas a medida que el usuario marca el camino de su preferencia para luego volcar todo el caudal de investigación hacia un modelo definido y aceptado, intentando no caer en la misma experiencia de fracaso que mostraron las lámparas de bajo consumo. ¿Tú que opinas? La lámpara LED, ¿reemplazará a todo lo conocido en iluminación? ¿En cuánto tiempo? ¿Tú ya la utilizas? Cuéntanos tu experiencia con ella.

Escrito por Mario

Leave a Reply