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Breves historias extraordinarias: 140 caracteres (Twitter)

¿Cuántos caracteres hacen falta para seducir a una chica 2.0? Hace algún tiempo atrás, todo el trámite de conocer a una mujer era mucho más complicado. Antes, había que llegar (en apenas un par de horas) al suficiente nivel de confianza como para que la dama en cuestión nos entregue su número telefónico. Ahora sólo basta con preguntarle el nombre (¿Quién puede negarte su nombre?) para que a través de Facebook uno la ubique, la visualice bien (nunca confíen en las primeras impresiones que brindan las luces estroboscópicas de una discoteca) y consiga su dirección de e-mail para sumarla a la extensa lista de contactos de MSN con los que jamás se comunica. Sin embargo, una nueva forma de escritura (y lectura) de la red social de microblogging, Twitter, lo ha cambiado todo: cualquier estrategia de seducción no puede superar los 140 caracteres.

Sentimentalmente, las redes sociales pueden llevarte de la felicidad plena a la depresión total con tan sólo un par de clicks. Pero lo que más llama la atención de esta clase de amor 2.0” con el que los jóvenes conectados debemos convivir diariamente, son las nuevas causas de depresión y angustia que estos espacios han creado. “¿Por qué tarda tanto en aceptar mi solicitud de amistad?”, “¿Por qué no le regala un mísero “Me gusta” al comentario que le dejé en su muro?”, “¿Por qué no me retweetea, me responde, me marca como favorito ni me dedica un maldito #FF algún viernes?”, “¡Cambió su estado de “soltera” a “relación complicada”! ¡Noooo!“. Eso antes no pasaba, o al menos era más complicado enterarse. Ahora, si vemos que está dándole un beso en la mejilla a un hombre con ojos de libidinoso lo buscamos por su nombre de usuario y le miramos todas las fotos siguiendo pistas, examinamos meticulosamente su muro en busca de mensajes con doble significado y lloramos si encontramos algo de ella, cualquier cosa, porque desde la distancia cercana de estas plataformas de pseudosocialización cualquier minúsculo detalle parece definitivo.

También es cierto que hoy en día nos contentan algunos “gestos digitales” que antes no existían. ¿Quién puede negar que una solicitud de amistad aceptada en Facebook no nos ilusiona? “¡Me escribió en el muro! ¡A mí, que debo ser su amigo número 2347!”, “¡Me sigue en Twitter? ¡Eso quiere decir que le importa lo que pienso!”. Ni hablar si tu móvil vibra al ritmo de un mensaje de texto o algún e-mail entra en tu buzón erizándote la piel. Pero la pregunta que todo hombre se hace es: ¿Cómo hacer para que una chica rodeada de estímulos virtuales, redes sociales, mensajes privados y notificaciones se fije en uno? Bueno, quizás este elogio a la brevedad que plantea la red social del pajarito nos dé la respuesta que estamos buscando: lo verdaderamente interesante, lo que te diferencie del resto, lo que te haga saltar a su corazón se puede decir en 140 caracteres o menos.

¿Por qué 140 caracteres? Bueno, básicamente porque a tu madre le alcanzaban 160 caracteres para arruinarte una cita por SMS. Por tal motivo, como Twitter también fue pensado para usarse a través de las redes de telefonía móvil, se reservó 20 caracteres para el usuario del mensaje, manteniéndose dentro de los cánones que ya todos conocemos (incluso tu bendita mamá). Sin embargo, esto no es un límite. Puedes dirigir tus mensajes con un @ antes del nombre de usuario (así no puedes fallar) y puedes etiquetar tus contenidos utilizando un hashtag #. Lo breve, lo efímero, lo conciso es la clave (y la meta). No dejar dudas, atraer, volverse imprescindible con un manojo de palabras parece ser el secreto de la seducción posmoderna.

“¿Y si le escribo algo en el muro?”, le pregunto a un amigo que confía en mis dotes literarias. “Sos un idiota”, sentencia el muy desangelado mientras separa su lista de contactos de MSN en dos grupos: “Gente” y “Mujeres”. “¡Ya sé! ¡Le mando un mail!”, grito al aire con un puño apretado que seguramente representa un “¡Eureka!”. “No, peor, vas a parecer un desesperado”, sigue él diciendo con toda seguridad, mientras un mensaje de texto de un número desconocido le hace transpirar las ilusiones. Entonces, abro mi cuenta de Twitter y leo que ella escribe frases melancólicas, sobre amores pasados de cenizas aún ardientes y amores platónicos que no llegarán jamás. “¡Ey, niña! ¡¿No me ves que estoy aquí leyendo cada uno de tus suspiros?!”, le grito a la pantalla ciega y sorda mientras mi amigo se pudre y se sirve un poco más de ron con Coca-Cola. Entonces lo decido, dejo de pedir opiniones y hago lo que mi corazón me indica. De todos modos, si no la tengo a mi lado, no habrá Me gusta o retweeteo que me consuele.

Escrito por martinbaraink

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