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La paradoja de Fermi

Cuando el físico Enrico Fermi se encontraba trabajando en el Proyecto Manhattan, cuyo fin era el desarrollo de la bomba atómica estadounidense, enunció la que hoy se conoce como Paradoja de Fermi. El científico estaba atormentado por la contradicción que existe entre los cálculos que demuestra que hay una enorme cantidad de planetas capaces de alojar civilizaciones inteligentes en el universo, y la ausencia de evidencia de dichas civilizaciones. ¿Es la raza humana la única civilización avanzada en el Universo?

Una de las cuestiones que más inquietan a la humanidad es la existencia (o no) de otras civilizaciones en el Universo. A lo largo de los siglos, hemos pasado de sentirnos que eramos el centro del Universo, a quedar relegados a un simple y común planeta que orbita una estrella ordinaria en los suburbios de una galaxia -la Vía Láctea– que tampoco tiene nada de especial. Esta situación ha permitido especular con que los acontecimientos que dieron lugar a la vida en la Tierra hayan tenido lugar en miles de millones de sitios más. Al fin y al cabo, si nuestro planeta no tiene nada de especial, no hay motivos para creer que sea el único lugar capaz de haber desarrollado organismos inteligentes. Sin embargo, y a pesar de la tecnología que el hombre ha creado a lo largo de siglos, hemos sido incapaces de encontrar evidencia alguna que pruebe la existencia de otra civilización extraterrestre.

A principios de la década de 1940, en medio de una conversación informal con sus colegas del Proyecto Manhattan -que terminó poniendo a punto las bombas atómicas que se arrojaron sobre las ciudades japonesas- Fermi planteó esta cuestión. Si bien Drake no publicaría su famosa ecuación destinada a proporcionar un valor concreto a la cantidad de planetas habitables que existen hasta 10 o 15 años más tarde, los científicos tenían elementos para suponer que la Tierra no era el único planeta del Universo. Era esperable que alguna de esas civilizaciones, sobre todo las que fuesen miles o millones de años más antiguas que la humanidad, hubiesen desarrollado una tecnología lo suficientemente avanzada como para recorrer la Galaxia o, al menos, intentar enviar alguna clase de mensaje a las demás civilizaciones del vecindario. Sin embargo, y a pesar de algunas historias de OVNIs y abducciones carentes de pruebas, nunca habíamos (ni hemos) encontrado rastros de vida extraterrestre inteligente, como sondas automáticas, naves espaciales alienígenas o transmisiones de radio.

La Paradoja de Fermi puede resumirse de la manera siguiente: “La creencia común de que el Universo posee numerosas civilizaciones avanzadas tecnológicamente, combinada con nuestras observaciones que sugieren todo lo contrario es paradójica, y nuestro conocimiento o nuestras observaciones son defectuosas o incompletas.” No es raro que Fermi, un físico abocado al desarrollo de una bomba nuclear, se plantease este problema. El científico creía que la respuesta a su paradoja había que buscarla en su propio trabajo. Tarde o temprano, razonaba Fermi, toda civilización lo suficientemente avanzada desarrolla con su tecnología el potencial de autoexterminarse, tal y como él mismo creía que estaba haciendo la humanidad al desarrollar armas de semejante calibre. El hecho concreto de no encontrar pruebas relativas a la existencia de otras civilizaciones extraterrestres le hacían pensar en que un trágico final le esperaba a la humanidad.

Para intentar explicar la paradoja algunos echan mano a la hipótesis de la Tierra Rara. Esta teórica sugiere que la vida es tan extraña en el Universo debido a que -contrariamente a lo que creemos- hay una gran escasez de planetas similares al nuestro. La Tierra sería un planeta especial, y por eso es uno de los pocos que alberga vida. Uno de los argumentos esgrimidos para defender esta postura, se relaciona con la posición que la Tierra ocupa en la Galaxia. Los brazos espirales de la galaxias contienen un gran número de novas, cuya radiación es perjudicial para la vida superior. Sin embargo, el sistema solar está en una órbita muy especial dentro de la Vía Láctea: una órbita casi  circular, a una distancia en la que se mueve prácticamente a la misma velocidad que las ondas de choque que forman los brazos espirales. La Tierra ha estado en esta ventajosa posición durante  cientos de millones de años. Ese es el lapso en el que ha existido vida superior en la Tierra.

El otro argumento utilizado para sostener la hipótesis de la Tierra Rara es la existencia de la Luna. Se supone que la Luna se creó como consecuencia del impacto afortunado con un cuerpo celeste de tamaño similar a Marte, hace unos 4.450 millones de años. Este impacto ocurrió en el ángulo justo para que una gran parte de la masa de la Tierra se desprendiese y crease la Luna. Si el choque se hubiese producido con un ángulo ligeramente distinto, o la Luna no se habría formado o la Tierra hubiese resultado destruida. La presencia de un satélite natural del tamaño de la Luna es muy poco frecuente. Pero el hecho de que esté ahí proporciona a la Tierra una serie de ventajas. Las mareas, debido a la Luna, estabilizan el eje de la Tierra. Sin la Luna, la llamada “precesión de los equinoccios” causaría variaciones del clima tan dramáticas que imposibilitarían la vida. Las mareas lunares también ayudan a mantener caliente (y fluido) el núcleo de la Tierra. Si no fuese así, no tendríamos un campo magnético que se encargase de protegernos del “viento solar”, una lluvia de partículas cargadas letales para la vida.

Algo que resulta llamativo es la ausencia de señales de radio proveniente de otras estrellas. Cualquier ser extraterrestre que se encuentre en un planeta cuya estrella esté a una distancia de unos  50 o 60 años luz de la Tierra, si cuenta con una tecnología similar a la nuestra, debería ser capaz de captar nuestras emisiones normales de radio y televisión. Aunque sea absolutamente incapaz de interpretar sus contenidos -algo que quizás no sea tan malo, después de todo- debería resaltarle llamativo que el Sol (o un punto muy cercano a él) emita señales en una frecuencia tan atípica para una estrella. La humanidad ha observado decenas de miles de estrellas, e intentado captar emisiones en prácticamente cualquier frecuencia apta para transportar información -el proyecto SETI se dedica justamente a ello- pero jamás hemos encontrado nada que parezca artificial. O ET no esta ahí fuera, o no mira la tele.

¿Esto significa que somos los seres humanos la única civilización avanzada en el Universo? La ecuación de Drake para estimar el número de civilizaciones extraterrestres, con las que eventualmente podríamos ponernos en contacto, parece implicar que esta pregunta tiene un enorme “no” como respuesta. Pero entonces, ¿dónde están? ¿Por qué no hemos encontrado rastros de vida extraterrestre inteligente? Algunos creen que realmente ET está fuera, pero ya ha avanzado tecnológicamente tanto que no podemos verlo. Si pensamos en todo lo que ha avanzado nuestra tecnología en los últimos 50 o 100 años, es posible imaginar una civilización “ligeramente” más avanzada (unas decenas de siglos, por ejemplo), que nos resulte indetectables. Dado que el Universo tiene una antigüedad que se mide en miles de millones de años, tal cosa es perfectamente posible.

Con la tecnología adecuada, una civilización podría construir un artefacto conocido como “Esfera de Dyson”. Popularizada por el doctor Freeman Dyson, esta esfera es una especie de envoltura opaca colocada alrededor de una estrella, a una distancia aproximada al radio de la órbita de Marte. Tal artefacto permitiría a los alienígenas en cuestión aprovechar prácticamente toda la energía radiada por su sol, al estar “sembrada” por miles de millones de colectores solares. Pero además de proporcionar una fuente inagotable de energía, la Esfera de Dyson apenas emitiría una débil radiación, sin las fuertes líneas espectrales que el plasma estelar muestra habitualmente, pasando desapercibidas para un observador externo. Los astrónomos han buscado en los últimos años estrellas que presenten un “colorido inusual”, aunque no han sido encontradas. Los seguidores de la teoría de la autodestrucción de Fermi sostienen que es altamente improbable que las civilizaciones avanzadas no tomen ventaja de la fuente de energía que es su estrella madre, y que deberíamos ver  las “firmas electromagnéticas” de estas estructuras. Que no las veamos puede significar que -efectivamente- se autoaniquilaron antes de llegar a construirlas.

Una de las soluciones más aceptadas para la Paradoja de Fermi es la propuesta por Jacob Haqq-Misra y Seth Baum, de la Pennsylvania State University. Estos investigadores sugieren que es un error asumir que una civilización puede colonizar el Universo a un ritmo exponencial. El agotamiento de los recursos impone límites al desarrollo de cualquier civilización. Ya no hace falta que ET y sus hermanos se autoexterminen con armas, sino que la limitación de los recursos disponibles hace que posiblemente nunca entremos en contacto con otros seres. Jacob y Seth trasladan el escenario del actual crecimiento humano y la velocidad con la que agotamos los recursos del planeta a una hipotética civilización avanzada que se expande por un escenario galáctico. “Puede que haya miles de civilizaciones avanzadas tratando de colonizar su entorno espacial cercano, pero lo hacen a un ritmo tan lento que nunca entran en contacto unas con otras en tiempo y espacio”, afirman. Como sea, por ahora seguimos esperando alguna evidencia que confirme o desmienta que nuestro planeta es el único en albergar vida inteligente Y tú, ¿que opinas?

Escrito por Ariel Palazzesi

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