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Contra el calentamiento: Billones de espejos en el espacio

Los efectos del calentamiento global tienen ocupados a los científicos. A medida que el planeta se va cocinando, surgen más y más ideas sobre cómo podríamos solucionar el problema. Últimamente, parecen haber decidido que es bastante difícil cambiar las conductas que provocan este mal, así que se han dedicado de lleno a buscar mecanismos que enfríen la Tierra. ¿Espejo espejito, cual es el planeta más caliente del Sistema Solar?

Según el astrónomo Roger Angel, de la Universidad de Arizona, podríamos solucionar parte del problema del calentamiento global  colocando billones de espejos en el espacio. Estos espejos se ubicarían entre la Tierra y el Sol, bloqueando de forma parcial su luz. Al quedar nuestro planeta bajo la “protección” de esta especie de eclipse parcial artificial, su temperatura descendería. El truco es, claro está, lograr una disminución del monto de radiación solar que recibimos que alcance justo para compensar los desastres que hacemos con las emisiones de CO2 en nuestro planeta.

Por supuesto, esta es una solución que difícilente podamos poner en práctica dentro de un plazo razonable. Incluso, si nos preguntan, es prácticamente imposible montar semejante escudo en un plazo menor al que necesitamos para extinguirnos culpa de, justamente, el calentamiento global. A pesar de ello, la idea es perfectamente viable desde el punto de vista técnico. Solo nos falta la tecnología suficiente para poder comenzar a enviar espejitos al espacio hoy mismo.

Según Roger Angel, los espejos deberían estar a una distancia de 1.6 millones de kilómetros de la superficie de la Tierra. Esta distancia, para que tengas una idea, es 45 veces mayor a la altura en que se encuentran los satélites de comunicaciones, o más de 2100 veces la altura que alcanzó el satélite OCO de la NASA antes de fallar miserablemente y caer como un pedrusco. Si tenemos que enviar billones (un millón de millones, o 1.000.000.000.000) de espejos al espacio, necesitaremos hacer un enorme número de lanzamientos, cada uno a un costo ridículamente alto. Sin embargo, Roger no se rinde y propone algunas ideas interesantes.

El cañón más grande del mundo
El científico cree  que la mejor forma de transportar semejante carga al espacio consiste en utilizar un cañón en lugar de cohetes. Angel tiene en mente una versión “siglo XXI” del dispositivo empleado por Julio Verne en su novela “De la Tierra a la Luna”, publicada en 1865. El cañón propuesto tendría un diámetro de 960 metros, y dispararía contenedores llenos de espejos. Junto con Tod Todeschini, un inventor británico que trabaja con él en este proyecto, han calculado que para poder operar semejante arma habría que asegurarse que nadie se encuentre en la zona circundante, para evitar que acaben muertos por la onda expansiva. Según los cálculos publicados, nadie podría encontrarse a una distancia menor a las 16 o 32 kilómetros del cañón.

Leyendo esto se puede pensar que los tipos están locos. Y es posible que algo de eso haya. Sin embargo, Todeschini ha construido una versión a escala del cañón y funciona perfectamente.  En su taller de Sandlake, Oxfordshire, montó un arma de cuatro metros de largo y se puso a hacer algunas pruebas. Suponía que la versión liliputiense del cañón imaginado por Angel debería acelerar proyectiles a 1500G, pero se encontró con una sorpresa: la aceleración proporcionada es de unos 10.000G. "La mayoría de las armas utilizadas por el ejército producen sólo 100Gs, nuestra arma es aproximadamente 100 veces más potente”, dice Todeschini. Los chicos de DARPA seguramente ya lo deben haber ido a buscar.

"El arma es  terriblemente peligrosa. Es la primera vez que construyo algo así”, continua. “Hemos demostrado que es posible construir una versión pequeña del cañón  necesario para conseguir enviar los espejos al espacio, por lo que sólo es una cuestión de tiempo ampliar la escala del diseño al tamaño real". Quizás no sea tan fácil ni tan rápido como Todeschini cree, pero al menos la cosa parece viable. Los obstáculos a salvar son formidables. ¿De qué deberían estar hechos los espejos para que cuando el cañón los escupa no se destruyan por la terrible aceleración? Si la versión pequeña acelera a 10.000G, la “grande” debería ser acojonante. Y a 10.000G, un espejo de 100 kilos pesa 1000 toneladas, debería ser increíblemente duro (o flexible) para no hacerse trizas durante el lanzamiento.

Espejitos de colores
Angel es absolutamente optimista y cree que dentro de 20 o 30 años podríamos comenzar a enviar los primeros espejos al espacio. Para que el sistema funcione, necesitamos cubrir un área de unos 256 mil kilómetros cuadrados con espejos ubicados en lugares calculados con exactitud. Según los cálculos del científico, la vida útil de los espejos es de unos cincuenta años, por lo que posiblemente debamos hacer lanzamientos continuamente para mantener el escudo en condiciones. No compraría una casa en las inmediaciones del sitio de lanzamiento, eso es seguro.

El costo del proyecto, a pesar de no utilizar cohetes caros, quizás sea el principal problema a resolver. Dejando de lado que este no es un buen momento para ir a pedir dinero a un gobierno, Angel estima que su proyecto puede costar algunos centenares de billones de dólares. Está claro que cuando el calentamiento global se haga insoportable, las pérdidas materiales (sin contar la pérdida de vidas) serán mucho mayores a ese presupuesto por lo que, quizás, llegado el día, Roger consiga el dinero.

Hay algo de peligroso en este tipo de proyecto. A pesar del optimismo expresado por el científico, muy difícilmente algo así pueda ser puesto en marcha. Y mucho menos en el plazo estimado. Pero la existencia de este tipo de planes puede hacer creer a algunos de los responsables de detener las emisiones de CO2 que no es tan importante hacerlo, ya que llegado el caso le encontraremos una solución al problema. Como en tantos otros ámbitos  la vieja máxima que reza “prevenir es mejor que curar” parece aplicarse perfectamente al problema del calentamiento global. Sobre todo cuando la cura propuesta contiene la palabra “billones” por todas partes.

Escrito por Ariel Palazzesi

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