El síndrome del verdadero creyente

El ex médium Lamar Keene describió, en 1976, un desorden mental caracterizado por el hecho de que quien lo padece sigue creyendo en algún tipo de evento paranormal, aun cuando se haya demostrado fehacientemente que dicho evento es falso. El llamado “síndrome del verdadero creyente” puede explicar el éxito de los falsos curanderos, psíquicos, canalizadores, televangelistas y demás pseudocientíficos.


Lamar Keene nació en 1938. Durante muchos años trabajó como médium en Florida (EE.UU.) donde llego a ser conocido como el “Príncipe de los espiritistas“. Pero en algún momento su vida cambió, y se dedicó a combatir la pseudociencia, una disciplina que por supuesto conocía muy bien.

En 1976 publicó un libro llamado “The Psychic Mafia“, en el que admitía que sus prácticas espiritistas era, en realidad, una estafa. Puso de manifiesto la forma en que se enriqueció engañando a miles de personas y explicó la manera en que sus victimas caían en sus redes. Pero lo más importante fue que, en ese texto, expuso por primera vez su idea del “síndrome del verdadero creyente“, que se transformaría en la pesadilla de todos los “pseudoestafadores” del mundo.

Como era de esperar, el libro de Keene desató una tormenta entre sus ex colegas. El concepto detrás del “síndrome del verdadero creyente” puede, entre otras cosas, explicar por qué creemos en seres sobrenaturales, dioses, fenómenos psíquicos y las percepciones extrasensoriales.

Según Keene, el “pensamiento mágico” detrás de las pseudociencias se basa en la fe en lo que dice otra persona, a la vez que ignora (o directamente malinterpreta intencionalmente) las leyes básicas de la naturaleza. A menudo esto ocurre porque el mismo sistema de creencia proviene de una época en que la humanidad no conocía la física, la química, la anatomía, la fisiología ni la biología.

Los que asumen este tipo de pensamiento, victimas naturales de quienes saben explotar el negocio detrás pseudociencia,  son en general personas que en lugar de creer en una realidad objetiva basan su vida en una especial percepción de la realidad. También es altamente probable de que defiendan sus  puntos de vista con tenacidad, a pesar de no tener fundamento alguno. Y lo que es más grave, lo siguen haciendo aún cuando son confrontados con evidencia indiscutible de lo contrario.

Frases como “¡la ciencia no puede explicarlo pero funciona!” forman parte del discurso de quienes padecen el síndrome del verdadero creyente. Si uno argumenta que dicha cuestión ha sido descartada por los investigadores y se ha comprobado que no es verdad, seguramente dirán “no puede ser, yo lo he visto”, “a mi me ha pasado”, “a mi me funciona” o algo por el estilo. La persona es incapaz de aceptar lo que la realidad le muestra, e insiste con el pensamiento mágico. Esto demuestra que, a veces, la necesidad de creer en (falsos) milagros a veces no solo desafia la lógica sino que puede comprometer la salud mental.

Para una persona “sana” resulta difícil de entender como un individuo aparentemente equilibrado puede defender con tanto empeño una fantasía aún después de haber sido expuesta a la luz del día. Sin embargo, para el que padece este síndrome se da la situación inversa: no puede comprender como interlocutor no cree en sus ideas. Y veces, esta misma situación provoca que se aferre a sus creencias con más firmeza, viendo conspiraciones en su contra donde lo único que hay es la realidad pura y dura.

Keene declara que  “el síndrome del creyente es el arma más poderosa que los falsos médium tienen a su favor. Ni toda la lógica del mundo puede destruir una fe que está conscientemente basada en una mentira.” Sin embargo, la evidencia médica parece indicar que es muy poco probable que los que sufren de este síndrome sean realmente concientes que se estén  mintiendo a sí mismos.

Una de las posibilidades es que estas personas sean capaces de reconocer una parte de la realidad pero no otra. Por ejemplo, pueden admitir que un médium sea un farsante basándose en la evidencia que se le presenta, pero aun así seguir convencida de que los eventos paranormales ocurren realmente. Esto se ve favorecido por el hecho de que, como es lógico,  a la ciencia le resulta materialmente imposible probar que absolutamente todos los “milagros” paranormales” sean fraudes. Esto siempre le permite al creyente mantener  viva la esperanza. Ese pensamiento no es completamente ilógico, pero puede evidenciar algún tipo de patología.

Los ejemplos que expone Keene son, en su gran mayoría, casos de personas que están tan desesperadas para comunicarse con los muertos que ningún desenmascaramiento del médium implicado puede hacer tambalear su fe en el espiritismo. Para estas personas, el deseo de creer a veces sobrepasa la habilidad de pensar críticamente sobre las pruebas existentes en favor y en contra de sus propias creencias.

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Ariel Palazzesi

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