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Vacas sin dolor para consumo sin culpa

Ya nos hemos acostumbrado a ver etiquetas en los paquetes de carne que explican que el producto no contiene hormonas o no ha sido atiborrado de antibióticos. Otras etiquetas conocidas son las que explican que el animal no ha sido criado en jaulas, y eso ayuda a los consumidores a evitar sentir culpa por la mala y corta vida del “donante” del contenido del paquete. El próximo paso en este sentido parece ser una nueva homologación que asegurará que el animal “no ha sentido dolor”.

Cuando comemos una hamburguesa o un delicioso trozo de carne, rara vez nos detenemos a pensar de qué forma vivió o murió la vaca que hace posible darse ese atracón. Sin embargo, hay muchos consumidores que se preocupan por cuestiones de ese tipo. La cuestión ha sido abordada seriamente, y algunos especialistas están pensando en “modificar” a nuestras amigas las vacas para que vivan y mueran sin sentir dolor. Por improbable que parezca, los avances en neurociencia y la genética en los últimos años convierten esta idea en una posibilidad muy real. Además, ya hay al menos un filósofo que ha hecho oír su voz: “Tenemos el deber ético de considerar esta opción.”

Si no podemos acabar con la agricultura industrial, por lo menos debemos tomar medidas para minimizar la cantidad de sufrimiento que causa”, dice Adam Shriver, un filósofo de la Universidad de Washington en St. Louis (Missouri). En un provocativo artículo publicado hace unos días,  Shriver sostiene que crear animales genéticamente modificados para que sean inmunes al dolor es una alternativa más que aceptable. Según sus propias palabras, “estoy proponiendo una solución en la que se podría comer carne, a la vez que se evita el sufrimiento de los animales.

Los seres humanos consumimos unos 300 millones de toneladas de carne cada año. Nuestro apetito por la carne ha aumentado en un 50 por ciento desde la década de 1960, y la tendencia parece continuar. La mayor parte de este producto proviene de granjas industriales, famosas por el hacinamiento y los malos tratos a los que se someten los animales. Los pollos “de granja”, por ejemplo, tienen habitualmente una buena parte de su pico eliminado -sin anestesia de ninguna clase- para evitar que picotee a sus vecinos de jaula. Por supuesto, la propuesta de eliminar definitivamente el dolor del cerebro de los animales de granja depende de nuestros avances en la comprensión -y manipulación- de las bases moleculares y genéticas que tiene este mecanismo. Y además de los aspectos éticos y filosóficos que preocupan a Shriver, hay que considerar el costo que puede tener para el consumidor.

Hay varios avances que podrían hacer esto posible. Por ejemplo, sabemos que ratones a los que se les modifica un gen llamado Nav1.7 son menos sensibles al calor y la presión que los normales. Una modificación genética como ésta podría bloquear la sensación de dolor en el ganado, y prácticas como el recorte de pico mencionado serían “mucho más humanas”, dice Shriver. Por supuesto, eliminar completamente el dolor podría poner en peligro a los animales. De hecho, el dolor es una especie de “mecanismo de alarma biológico” que avisa que algo va mal. Por ejemplo, en 2006, unos investigadores identificaron seis niños provenientes de tres familias de Pakistán que poseían una mutación inactivaba un gen en particular. Ninguno de los niños era capaz de sentir el dolor, aunque a simple vista parecían perfectamente normales. En todos los casos presentaban gran cantidad de cicatrices de quemaduras y cortes, e incluso uno se había atravesado una mano con un cuchillo sin sentir el dolor. La falta de ese mecanismo indispensable para la supervivencia provocó su muerte, cuando saltó desde un tejado.

Algunas investigaciones recientes indican que la sensación de dolor se separa del “sufrimiento afectivo” causado por este. Esto sugiere que podría ser posible eliminar el sufrimiento causado por el dolor, sin la alteración de la sensación física. Algo así como “me duele, pero no me importa”. Al respecto, Martha Farah, neurocientífica de la Universidad de Pennsylvania (Filadelfia), dice: “Sabemos que se puede disociar la sensación de la molestia que provoca”. Por ejemplo, las personas tratadas con morfina sienten el dolor, pero -por decirlo de alguna manera- se preocupan menos de lo que lo harían si no hubiesen sido tratados con la droga. En los humanos, el “dolor afectivo” se encuentra localizado en las neuronas de una región del cerebro llamada corteza cingulada anterior (CAC). Algunas personas que han sufrido lesiones en esta zona pueden sentir dolor, pero no lo registran como algo desagradable. Es un mecanismo tan bien conocido que  algunos cirujanos suelen cortar partes de la CAC para librar a los pacientes del dolor crónico.

Es imposible saber cómo los animales como vacas, cerdos y roedores sienten dolor, pero "parece plausible que el CAC está jugando un papel similar", dice Shriver. Evidentemente, aún con los precios actuales de la carne, sería muy poco rentable someter a cada vaca, cerdo o pollo a una cirugía cerebral, pero quizás seria posible modificar genéticamente sus cerebros para que carezcan de dolor. Queda sobre el tapete el debate de si tal cosa es ética o si, realmente, vale la pena.

Escrito por Ariel Palazzesi

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